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lunes, 6 de octubre de 2014

Ciudad de huérffanos

Maks y Willa entran en la cocina.
Es una estancia de unos tres metros de ancho por tres de largo y en ella hay una mesa cuadrada, cubierta con un hule amarillo, y una lámpara, además de tres sillas y un barreño de plomo que hace las veces de fregadero. Los fogones son de hierro y, al lado, se ve un cubo de carbón, además de la despensa y una alacena con platos y cacerolas. También hay una fresquera, aunque la familia solo compra hielo durante los días más calurosos del verano. En invierno, para evitar que la comida se eche a perder, la colocan en las repisas de la ventana.
También hay un gran barreño de plomo, con una tabla de fregar que mamá utiliza para lavar la ropa y en el que, a veces, se bañan. En un estante sobre los fogones se pueden ver tras grandes planchas de hierro, que mamá también usa para trabajar.
No es mucho, aunque en la habitación no caben muchas cosas más.

Avi (2012): Ciudad de huérfanos. Editorial Bambú. Páginas 66-67.

jueves, 31 de julio de 2014

Tesa. El despatx de don Baltasar de Garciherreros

Només em quedava per revisar la zona de la cuina que incloïa la sala d'estar que tant agradava a l'àvia i completava el cercle que el pis dibuixava al voltant del pati central.
La Remigia netejava verdura per al sopar, asseguda al costat de la taula de tapa de marbre que presidia la cuina.
-Què vols? -va preguntar sense alçar els ulls.
-Res, mirar.
La cuina era molt gran i podia ser un estudi dels avenços en material culinari dels últims anys. Al damunt del brillant fogó de carbó, original de la casa, hi havia el microones i una paella elèctrica. Dins de l'armari de fusta crua, una olla ràpida tafanejava a través de la reixeta de galliner de les seves portes. Un rentaplats s'amagava rere una cortina ratllada, sota de l'enorme safareig de pedra.
-Què hi ha en aquella porta?
-El rebost -va respondre tallant.
-I en aquella?
-El safareig i la meva habitació -va respondre impacient, i va afegir-: Però passa, filla, passa. No et quedis amb les ganes.
El safareig tenia, a més de la pila de granit, una rentadora i una assecadora i tots els trastos de planxar ordenats meticulosament en un prestatge. L'habitació de la Remigia era la més sòbria de la casa, només un llit estret, un armari desnodrit i una cadira. L'única decoració eren unes estampes i algunes fotos clavades amb xinxetes damunt del capçal. Rere d'una cortina, un vàter, una dutxa i un lavabo.

Pilar Molina Llorente (2013): Tesa. El despatx de don Baltasar de Garciherreros. Edebé. Premi Edebé de literatura juvenil: Barcelona. Págines 34-35.

Información sobre la obra en CANAL LECTOR: CLICA AQUÍ.

miércoles, 1 de mayo de 2013

"La cocina es un arte menor que tiene mucho que ver con los pequeños detalles"

“Para mí, los experimentos que proponía el abuelo en la cocina formaban parte de un juego. Y, poco a poco, me fui haciendo una experta entre sartenes y cacerolas. Aprendí que hay que actuar sin miedo y que lo difícil es darle el punto exacto. También aprendí que si la materia prima es buena y fresca, los riesgos que se corren son pocos. Me gustaba mucho hacer bizcochos y magdalenas. Harina, huevos, aceite, leche y azúcar, todo mezclado con uvas pasas y una pizca de levadura. Y una raspadura de piel de limón. A veces el abuelo, para poner un toque de distinción al bizcocho, lo cubría con semillas de ajonjolí. O ponía una almendra a modo de remate en las magdalenas.
-La cocina es un arte menor que tiene mucho que ver con los pequeños detalles –solía decirme.
Utilizábamos con frecuencia la plancha de hierro. Primero la calentábamos por debajo con fuego de gas. Sobre la plancha echábamos unas gotas de aceite, y sobre el aceite poníamos las verduras, la carne o el pescado. Qué buena estaba la verdura con su punto de sal. A veces el abuelo me mandaba preparar una salsa de almendras o de alioli en el mortero. La plancha estaba al lado de la barbacoa de carbón que también usábamos, sobre todo con los alimentos grasos.
-La cocina, Escarola, es un arte menor que consiste en combinar alimentos complementarios.
-Un arte menor, pero muy importante –le decía yo.
-Por supuesto. Un arte imprescindible. Pero tan importante como la comida es la compañía. Te voy a hacer una confesión: desde que tú estas conmigo, he notado que la comida me sabe mejor, mucho mejor. La comida de los solitarios es un poco fría, aunque haya muchos manjares en la mesa. Por eso algunos días, en invierno, bajo a comer a la taberna del pueblo. Por la compañía”.

SANZ, Ignacio (2011): Ladrón de caballos, Madrid: Macmillan Iberia, p. 72-73.

viernes, 26 de octubre de 2012


Era la hora del último refresco antes del anochecer, así que la terraza del viejo y centenario casino del pueblo estaba llena, no quedaba ni una mesa libre, ni una silla, ni un hueco. Los dos camareros resultaban insuficientes para cubrir la demanda y, además, uno de ellos era inexperto, eventual, contratado para el verano y la masiva asistencia de foráneos. Al pobre se le notaba mucho. Sudaba, tropezaba, rompía algún vaso de vez en cuando, se equivocaba en los pedidos, llevaba las cosas de una mesa a otra. Y la gente, en su mayoría jóvenes ociosos, no le facilitaban la vida. Más que ayudarlo, le complicaban lo que podían, lo confundían, haciéndole dudar.
[…]
Durante unos segundos no hablaron. Vanesa centró la atención en su vaso, al que solo le quedaba un sorbo de limonada. Lidia ya había apurado el suyo. Aurelia volvió a mirarlo a él.

SIERRA I FABRA, Jordi (2012): T/.Error, Madrid. Oxford, p. 1-2. (El árbol de la lectura, 46)

martes, 16 de octubre de 2012

Era esgarrifós

El restaurant era tranquil, de música de fons hi havia un disc de Natacha Atlas a un volum molt baix, feia la impressió que ens murmurava a cau d`orella. Els cambrers anaven ben vestits i parlaven fluix. M`ha semblat que m`havien fet entrar al paradís per una porta secreta. Però quan he vist la carta he pensat que si al paradís tenen els mateixos preus, no hi deu haver gaire gent de casa nostra. Era esgarrifós. Hi havia plats de deu, quinze o fins i tot vint dòlars. I no eren tan sols plats sofisticats, sinó coses que la meva mare fa els dies normals. Xai rostit, albergínies amb carn, hummus. En fi, crec que en aquell restaurant, el que pagues és una cosa que no és a la carta, però que surt molt cara: la Sensació de Ser en Un Altre Lloc, acompanyada de verduretes tranquil·les i salsa serena.

ZENATTI, Valérie (2011): Una ampolla al mar de Gaza, Barcelona, Cruïlla, pàg. 133.

domingo, 14 de octubre de 2012

Cena con el emir de Córdoba

Más que compartir la mesa, la invitación del emir Mohammad era para compartir la sala de la comida. Sirvieron al emir en su estrado, junto con el gran visir, y el resto de invitados sobre almohadones alrededor de pequeñas mesas redondas con capacidad para dos o tres comensales, que se distribuyeron por la sala, colocadas de manera que ninguno de los invitados diera la espalda al emir.
Comieron las aceitunas y las almendras a las tan aficionados eran los árabes, y después cordero asado, con arroz y especias. También sirvieron un vino oscuro y fuerte, pese a los normas del profeta. Sentados los dos cristianos junto a un funcionario de la corte, Gonzalo hizo honor a todos los platos con el apetito de la juventud, mientras Dulcidio jugaba con su comida y bebía sediento vaso tras vaso de agua con zumo de limón.
Pasaron entre las mesas copas rebosantes de sorbetes hechos con nieve de la sierra batida con azúcar y menta. Aunque ya no era verano, en todas las calles de Córdoba, los vendedores pregonaban aquellos refrescos hechos con zumos azucarados de distintas frutas y la nieve que los aguadores traían de las montañas, siempre se agradecía el fresco sabor como final de una comida muy condimentada.
Gonzalo tomó su copa de plata grabada con el signo del emir y la acercó a sus labios.
Dulcidio hizo un gesto negativo a su compañero. Cogió la copa de vino aún sin probar que tenía en la mesa y su voz resonó fuerte en la sala.
-Los cristianos acostumbramos a beber a la salud de nuestros señores. Permitid, emir, que os desee que Dios os conceda largos años de salud, paz entre los Estados y buen gobierno.
-¡Lo permita Alá! –exclamaron los otros comensales.

MOLINA, Mª Isabel (2007): El vuelo de las cigüeñas, Zaragoza: Luis Vives, Alandar, 88. pp. 93-94.

martes, 6 de marzo de 2012

Boda en Bujará

El toque del clarín anunciaba que los más de trescientos invitados ya podían ir a casa del novio. Había más de treinta mesas bellamente dispuestas, cubiertas de flores y de todo tipo de dulces, caldo caliente, té y melones, sandías y racimos de uva. Los invitados se movían alrededor de las mesas y lo probaban todo. Los dulces estaban preparados por los mejores pasteleros de la ciudad
[…]
En el tercer acto de la ceremonia, toda la multitud regresará a casa del novio. De nuevo encontramos las mismas mesas, pero adornadas de forma distinta y cargadas de otros manjares, entre los que destaca el plov, el plato típicamente uzbeko que no puede faltar en ningún banquete de boda y que consiste en arroz con cordero, verduras y hortalizas y una gran variedad de especias que le dan sabor.

MAS, HERMÍNIA (2011): Idriss, la joven de Bujará, Barcelona, RDCR ediciones, pág. 73-74.
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