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jueves, 8 de agosto de 2013

"El rostro de la misericordia"






"En la cocina había mucha gente. Mi madre distribuía en una bandeja redonda muy grande los granos de trigo cocidos y los rociaba con almendras tostadas, trituradas y con azúcar. Al mismo tiempo discutía con mi tía abuela Nadia si la cruz debía hacerse con almendras o con perejil. Por suerte se impuso la opinión de mi madre: las almendras. En realidad, una cruz verde quizá habría resultado más bonita; pero con perejil triturado nunca habría estado aquel plato tan sabroso como con almendras, y eso era lo que más importaba. Cuando la bandeja estuvo adornada, la tía Nadia puso una vela gruesa en el hueco que había dejado libre en el centro y así quedó preparado el “rostro de la misericordia”.

ABDEL-QADIR, Ghazi (2002): El regalo de la abuela Sara, Madrid. SM, El Barco de Vapor, pág. 39.  

sábado, 25 de mayo de 2013

Se enfría el desayuno

Martina se secaba el pelo recién lavado, y el ruido del secador le impedía oír los reiterados avisos de su tía Carmen desde la cocina.
-Martina, el desayuno está servido. Tómalo antes de que se enfríe la leche.
Pero Martina, además de pretender dar forma a una melena que se le resistía especialmente, tenía la cabeza llena de pensamientos, y saltaba de uno a otro, tratando de organizarlos y así saber con precisión lo que debería hacer.
-Martina, las tostadas se van a quedar duras.
Porque algo quería hacer. En primer lugar, buscar a Igor y pedirle disculpas por el plantón. ¡Menudo plantón! Una cosa es llegar tarde a una cita, media hora, una o dos... Pero no acudir a ella sin dar explicaciones... Jamás lo había hecho.
-La mantequilla se está derritiendo con el calor. ¿Quieres salir del baño de una vez?
Claro que ella no acostumbraba a faltar a sus citas. Lo había hecho por lo que lo había hecho. A la fuerza. ¿Cómo iba a suponer que su tía Carmen iba a estar esperándola a la salida del examen?
Carmen golpeó con los nudillos la puerta del cuarto de baño. Martina respondió a los golpes.
-¡Ya voy! -y desconectó el secador.
-No me digas que te prepare el desayuno si piensas lavarte el pelo, porque...

Alfredo GÓMEZ CERDÁ (2009): Pupila de águila. Editorial SM; Gran Angular: Madrid. Página75.
Guía de la editorial: CLICA AQUÍ.

martes, 14 de mayo de 2013

Pan y pastelitos


“La señorita Collignon decidió que esa misma tarde iría a la panadería de su padre. Así, al salir de la escuela, torció por la calle de Xuclá y entró en el horno Guinjoan. Aprovechó para comprar una barra de pan y unos pastelitos, y solicitó ver al dueño. Pocos minutos después, mientras ella comía más por capricho que por hambre un pastelito, un hombre salpicado de harina salió del obrador y la señorita Collignton le explicó de qué se trataba”.

PRATS, Lluís (2012): La pequeña coral de la señorita Collignton, Barcelona: Casals-Bambú, p. 57

domingo, 12 de mayo de 2013

Taronges, mandarines, aranges i llimones

La iaia es va casar gran. Gairebé tenia quaranta anys. Moltes vegades ens havia explicat que no tenia pensat casar-se, que li havia passat el moment. Però es va enamorar d'aquell senyor de la foto, que, segons ella, era la seva mitja taronja. Voldria que la iaia m'expliqués què vol dir amb això de la mitja taronja. No pot ser que tots estiguem partits per la meitat i que aenm pel món buscant la part exacta que ens falta, i, si no la trobem o la perdem, com li va passar a la iaia, ens sentim incomplets per sempre més. No m'ho crec ni m'ho vull creure. M'estimo més ser una mandarina petita però sencera que la mitja taronja de ningú. La mare diu que tinc raó, i que, si jo vull ser una mandarina, ella serà una aranja rosada d'allò més sofisticada. Més aviat penso que és una llimona àcida, però ella sabrà.

Mercè ANGUERA (2012): La princesa invisible. Editorial La Galera: Barcelona. Pàgina 56.

miércoles, 1 de mayo de 2013

"La cocina es un arte menor que tiene mucho que ver con los pequeños detalles"

“Para mí, los experimentos que proponía el abuelo en la cocina formaban parte de un juego. Y, poco a poco, me fui haciendo una experta entre sartenes y cacerolas. Aprendí que hay que actuar sin miedo y que lo difícil es darle el punto exacto. También aprendí que si la materia prima es buena y fresca, los riesgos que se corren son pocos. Me gustaba mucho hacer bizcochos y magdalenas. Harina, huevos, aceite, leche y azúcar, todo mezclado con uvas pasas y una pizca de levadura. Y una raspadura de piel de limón. A veces el abuelo, para poner un toque de distinción al bizcocho, lo cubría con semillas de ajonjolí. O ponía una almendra a modo de remate en las magdalenas.
-La cocina es un arte menor que tiene mucho que ver con los pequeños detalles –solía decirme.
Utilizábamos con frecuencia la plancha de hierro. Primero la calentábamos por debajo con fuego de gas. Sobre la plancha echábamos unas gotas de aceite, y sobre el aceite poníamos las verduras, la carne o el pescado. Qué buena estaba la verdura con su punto de sal. A veces el abuelo me mandaba preparar una salsa de almendras o de alioli en el mortero. La plancha estaba al lado de la barbacoa de carbón que también usábamos, sobre todo con los alimentos grasos.
-La cocina, Escarola, es un arte menor que consiste en combinar alimentos complementarios.
-Un arte menor, pero muy importante –le decía yo.
-Por supuesto. Un arte imprescindible. Pero tan importante como la comida es la compañía. Te voy a hacer una confesión: desde que tú estas conmigo, he notado que la comida me sabe mejor, mucho mejor. La comida de los solitarios es un poco fría, aunque haya muchos manjares en la mesa. Por eso algunos días, en invierno, bajo a comer a la taberna del pueblo. Por la compañía”.

SANZ, Ignacio (2011): Ladrón de caballos, Madrid: Macmillan Iberia, p. 72-73.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Andrea y Los Seiscientos

Carlos Solana Contreras (2009): La muchacha y el crrito de los helados
Helados...
Andrea los había visto por televisión, pero jamás los había probado. Ese era otro de los objetivos de su viaje: Comer helados por primera vez en su vida. Helados italianos, los mejores del mundo. Había imaginado mil veces su textura y tenía decidido desde hacía meses qué sabores pediría: mantecados y chocolate.
Localizó el quiosco de los helados mientras consideraba que el guitarrista de la orquesta. Sensación carecía por completo de sentido del ritmo. Alargaba innecesariamente algunos compases y sus compañeros sufrían lo indecible para seguirlo. Una calamidad. Y el peor no era él, sino el cantante. Se suponía que debía imitar a REnato Carosone, pero el resultado estaba a mitad de camino entre Torrebruno y Rita Pavone. Horrible. Horrible, horrible.

-Uno de mantecado y chocolate, por favor.
El dependiente del quiosco alzó en las manos dos barquillos de diferente tamaño.
-¿Pequeño o grande?
-Grande.
El hombre levantó la tapa metálica de la nevera, que tenía forma de cono con michelines, y hurgó en su interior.
Y entonces ella, la chica que acababa de pedir el helado, lentamente, giró la cabeza hasta que su mirada se encontró con la de Andrea, que se había acercado temerariamente a menos de diez pasos del quiosco de helados. Él, entonces, intentó esquivarla, pero no pudo. Trató de bajar la vista, pero se sintió incapaz.
Cuando el hombre colocó sobre el barquillo la bola de dos colores, a Andrea se le hizo la boca agua y el corazón, escarcha.
Tuvo que admitir que aquella era la chica más hermosa que había visto nunca. Y su mirada azul, la más demoledora que imaginarse pueda. Y también su sonrisa. Y la forma en que se llevó el helado a los labios.
Andrea nunca había sentido nada igual.
Todavía no sabía a qué sabía un helado, pero ahora ya sabía lo que era un flechazo.

Fernando LALANA y José María ALMÁRCEGUI (2021): Andrea y Los Seiscientos. Editorial Oxford, El árbol de la lectura; 39: Madrid. Páginas20-22.


Guía de lectura de la editorial Oxford: CLICA AQUÍ.

lunes, 22 de octubre de 2012

Mermelada de mirtilos

Mel Antunes (2011): Mírtilos
- La segunDa cosa que debéis saber es que la mermelada fresca de mirtilos es lo mejor que se puede comer, no solo para desayunar, sino como acompañamiento para unas crêpes. Así que, ahora mismo, salid a donde os he dicho, ahí enfrente, coged estos cubos y traedlos llenos de mirtilos. Se os mancharán las manos de azul, pero no importa: la piel y vuestras uñas azules serán la prueba de que habéis disfrutado de una mañana de recolección de frutas en medio de la naturaleza. Como hacían los hombres primitivos de los que, en el fondo, no nos distinguimos tanto: tomaban lo que la naturaleza les daba para vivir y para disfrutar. Somos unos privilegiados.
Frau Adine puso dos cubos de plástico blanco en las manos de sus dos jóvenes amigos y los invitó a salir de la casa.
-Frau Adine –dijo Carolina.
-¿Sí?
-Ha dicho que había tres cosas que deberíamos saber. Y solo nos ha contado dos. ¿Cuál es la tercera?


ALCOLEA, Ana (2010): La sonrisa perdida de Paolo Malatesta. Editorial Oxford, El árbol de la lectura; 6: Madrid. Páginas 153-154.

ACTIVIDADES SOBRE LA LECTURA: PROPUESTAS DE LA EDITORIAL

Blog de la autora: CLICA AQUÍ.

martes, 30 de agosto de 2011

El picnic del 4 de julio



Las mesas del picnic rebosaban de pasteles de melocotón, tartas de cereza, frutos del bosque, mazorcas de maíz, jamón y pollo frito, y en la barbacoa no cabía una chuleta más. Banderines y globos del 4 de julio decoraban árboles y mesas por igual. Los niños atrapaban manzanas con los dientes, los hombres lanzaban herraduras, el nuevo pastor y su esposa disfrutaban del banjo y el violín que tocaban los chicos de los Straitban, y las mujeres bebían limonada y se abanicaban bajo los árboles. No había un solo lugar en el que Piper posara la mirada donde no estuviera sucediendo algo.

FORESTER, Victoria (2010): La niña que podía volar, Barcelona, Montena, pág. 33.

jueves, 25 de agosto de 2011

Estoy mejor...

-Estoy mejor, de verdad. Estoy probando un nuevo medicamento-. Fue a la cocina y señaló una olla-. Hasta hice sopa ayer. Y tengo una barra de pan muy bueno, por si tienes hambre después del paseo. Debería haberte preguntado antes… Hay un buen panadero y cocinero en Springton. Allí es donde he encargado la cena. Y hay un lugar cerca de aquí que quiero que veas. Lo descubrí un día paseando. Dios mío, mañana es e Día de Acción de Gracias, ¿verdad? Sigo perdiendo el hilo.

FOX, Paula (1999): La cometa rota, Barcelona. Noguer, p. 38.

Nunca habíamos tomado café

Mi abuela de despertó a las seis, con hambre y quisquillosa. Nadie se había acordado de la comida. ¿Cómo pensar en comer cuando el mundo acababa de estallar en llamas? Por fin, mi madre fue a la cocina y preparó unos platos de carne fría y sobras de ensalada de patata, que nos sirvió a los tres agrupados delante de la radio. Hasta nos trajo café. La abuela insistió en comer con la misma formalidad de siempre. Caroline y yo nunca habíamos tomado café y el hecho de que nuestra madre nos lo hubiera servido aquella noche fue para nosotras una señal de que nuestro mundo seguro de siempre ya era cosa del pasado.

PATERSON, Katherine (1999): Amé a Jacob, Barcelona, Noguer, p. 35.

jueves, 18 de agosto de 2011

Bocadillos de tortilla con Camembert

El viernes era festivo en Bellemer. Amaneció soleado y decidimos acercarnos a la playa. Buscamos una calita escondida en los acantilados para no encontrarnos con nadie. Llevábamos bocadillos de tortilla con unas láminas de queso Camembert que se habían derretido nada más entrar en contacto con el huevo caliente y que daban al resultado una textura cremosa difícil de igualar.

FERNÁNDEZ SIFRES, David (2011): El faro de la mujer ausente, Zaragoza, Edelvives, Alandar, 127, pág. 125.

miércoles, 20 de julio de 2011

Te he visto meterte los dedos en la garganta

“-¡Mentirosa! Te he visto meterte los dedos en la garganta.
-Vale, vale ya. Es que sentía náuseas y lo único que he hecho ha sido ayudarme un poco.
-Estás bulímica, Ellie. Ayer lo hiciste también. Sabía que te ocurría algo, pero tú seguías mintiéndome. ¿Por qué lo haces? Es una locura. No puedo entender que alguien quiera provocarse vómitos.
-¡No disfruto con ello! Es horrible. Pero ¿qué otra cosa puedo hacer si tengo tan poco voluntad y me pongo las botas de comer? Tengo que librarme de toda esa comida antes de que engorde todavía más.
-¡Pero si tú no estás gorda!” (p. 129).
bulimia

“-Me preocupa, Ellie. Tienes, de verdad, todos los síntomas clásicos de una personalidad anoréxica. Eres inteligente, perfeccionista, muy decidida, puedes mentir como una loca, has tenido una infancia traumática… ya sabes, has perdido a mamá siendo muy niña –la voz de papá vacila. Nunca habla de mamá, incluso ahora. (p. 146).



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WILSON, Jacqueline (1998): Chicas con imagen, Madrid, SM, Gran Angular, 212. Traducción Asun Balzola.

jueves, 19 de mayo de 2011

¡Estoy comiendo de verdad!

“Todavía me encuentro gorda, a pesar de haber perdido peso. Todavía me gustaría estar realmente delgada. Pero no quiero estar enferma. No quiero morirme de hambre. Vuelvo a casa. Anna tiene montones de preguntas que hacerme, pero se da cuenta de que no puedo soportar hablar de ello. Ha preparado una ensalada para cenar.
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-Qué aburrimiento. Quiero patatas –dice Eggs.
-Puedes comer patatas con la ensalada –dice Anna.
Lo que no dice es que es una comida escogida para mí con todo el mimo del mundo: queso fresco, fresas, aguacate y apio. Anna me dirige miraditas aprensivas. Me muerdo el labio. En mi cabeza calculo automáticamente las calorías. Me da pánico el aguacate. Me pongo la mano en la frente tratando de parar el cálculo mental. Miro el plato. Toda esa comida tan rica, preparada con tanto cariño, arreglada con todo cuidado, con la ensalada que forma anillos rojos y verdes alrededor del blanco queso fresco.
-Qué pinta más guay tiene todo, Anna –digo-. Muchas gracias.
Empiezo a comer. Muerdo. Mastico. Trago. Eggs está charlando, pero Anna y mi padre están callados como muertos. Me mira aguantando la respiración.
-Vale –digo-. No voy a esconder nada en el regazo. No voy a escupir en el pañuelo. No voy a provocarme vómitos.
-¡Gracias a Dios! –exclama mi padre aliviado-. Oh, Ellie, no puedo creerlo. ¡Estás comiendo de verdad!” .
WILSON, Jacqueline (1998): Chicas con imagen, Madrid, SM, Gran Angular, 212. Traducción Asun Balzola, p. 163-164.
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lunes, 9 de mayo de 2011

La visita al endocrino

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“Por lo demás, no había cesado de sufrir puñaladas y pellizcos: palabras aviesas, muecas sardónicas, ironías directas e indirectas de pésimo gusto. La horripilante jornada había comenzado con la tortura de la visita periódica al endocrinólogo, quien, tras haberla pesado, había torcido los morros.
Siempre que se presentaba ante él para el control mensual, las piernas le temblaban como fuentes de leche frita recién hecha, llevadas por las manos agitadas de parkinsonianos nonagenarios, la boca se le secaba, y sentía, para colmo de contratiempos, unas ganas irreprimibles de ir al cuarto de baño.
-Huy, huy, huy, que me hace trampa, y no voy a tener más remedio que enfadarme con usted. Y muy seriamente además.
Había enrojecido, mirando vidriosa y desesperadamente hacia el armario archivador donde se guardaba su expediente, junto a las fichas de centenares de gordos y gordas, personas acaso tan desdichadas como ella.
El médico parecía más jovial aquella mañana detestable. Ay, qué guapo y qué esbelto era…
-vamos, vamos, no se ponga colorada, y confíeme sus pecadillos, sin omitir ni una falta, por muy venial que a usted le parezca. Tiene que confesarme todas sus culpas y enumerarme las veces que ha infringido la ley, para que yo le imponga el castigo conveniente. Soy muy duro, pero escrupulosamente justo, a la hora de la penitencia.
Al fin logró sonsacarle todos los delitos cometidos en horas de euforia o de desánimo. Así, se acusó de haber quebrantado en varias ocasiones el duro código hipocalórico que le estaba amargando la vida.
-Empiece por la delincuencia que le parezca más imperdonable- Adelante.
-Una tableta de chocolate y dos merengues.
-¿Qué? ¿Sólo eso? Recapacite, reflexione, haga examen de conciencia y dígame qué más hay.
-Un plato de…
-Especifíqueme cómo de hondo. Hay platos y platos.
-Hondo.
-Insisto: detálleme cómo de hondo.
-Bastante.
-¿Cómo un lavamanos o parecido a, y disculpe la comparación, un orinal?
-Igual que una palangana.
-Bien, Así que una palangana, es decir, un cacharro grande; pero, ¿cómo de lleno? ¿Mediado? ¿Rebosando hasta el borde?
-Sí, sí –su voz se quebró-, muy lleno.
-¿De qué?
-De fabada.
Como castigo le prescribió añadir un kilómetro a la caminata diaria y añadir quince ejercicios abdominales a los veinticinco habituales. Pero no sintió pesadumbre: aquel plato se merecía tal correctivo e incluso cien correazos y un cilicio. Se lo había zampado en un bendito figón, cuya cocinera tenía unas manos y una cabeza más valiosas que un cofre de viejo oro español. Sus guisos la hacían llorar de dicha. Era emocionante sentir en la boca aquellas maravillas. Otros se extasiaban de igual manera ante un cuadro o escuchando a Chopin o viendo un ocaso de verano sobre el mar. No desdeñaba ese tipo de conmociones anímicas y sentimentales; pero no le conmovía menos el arte culinario de aquella sabia mujer.
Disfrutar extasiada con los encantos de una merluza en salsa, horneada, frita o a la plancha, suponía un rasgo de cultura no inferior al de quien juntaba las manos con arrobo frente a unas vidrieras góticas encendidas por el sol de la tarde o delante del resultado sofisticado de la cirugía o de la ingeniería genética. Enarcó las cejas y pensó con jactancia en los vegetarianos y herbívoros humanos. Estaba convencida de que los fanáticos de esa clase eran una especie de degenerados y pervertidos que, por oscuras razones, deseaban con envidia la redecilla, el libro, el cuajar y la panza de los rumiantes. Eran iguales a cabras que se empeñasen en comer lobos”.
-GÓMEZ OJEA, Carmen (1998): El granate de Amarilis, Barcelona Edebé, (Nómadas, 2) pp. 7-9.
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La existencia desdichada de los gordos

Las tres gracias. Rubens. Museo del Prado
Las tres gracias. Rubens. Museo del Prado
 
“Los gordos, gordas, lisiados, tullidas, negros, negras, enanos, raquíticas, pordioseros, mendigas y toda la demás gente que se encontraba por debajo del listón de la norma eran el vertedero de muchas inmundicias, el chivo expiatorio con que se vengaban muchas personas de sus insatisfacciones y miserias. Representaban el albañal por donde circulaban los rencores íntimos e inconfesables de una multitud incontable, también incluso de otros gruesos y aquejados de diversas carencias y minusvalías, que parecían carecer de ojos en la cara, de espejos y de sentido del ridículo. Jamás había olvidado lo que, años atrás, le había ocurrido a propósito de esto con una modista, ancha y redonda como una mesa camillas. Nada más verla, la había mirado con sorna y, al tomarle las medidas, había exclamado en tono de censura:
-¡Madre de Dios, vaya contorno!
Los gordos eran, en efecto, zaheridos; pero la existencia de las gordas resultaba infinitamente más desdichada”

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GÓMEZ OJEA, Carmen (1998): El granate de Amarilis, Barcelona Edebé, (Nómadas, 2), p. 12.

Existe una conspiración contra los gordos

Carmen Gómez Ojea

“Se consideraba a sí misma como una mujer expansiva, afable, a la que sus carnes y sus kilogramos habían hecho perder amistades. Ninguna de sus viejas compañeras y camaradas podía ser calificada de gorda, sólo alguna de ellas, a lo sumo, de rellenita, y casi todas estaban casadas con hombres de un peso similar, sin excesos notables; y las que permanecían solteras lucían bañadores de dos piezas y vivían, según contaban, aventuras amorosas estimulantes durante las vacaciones en islas caribeñas, bajo los cocoteros o a la sombra de los palmares. En cuanto a sus colegas del instituto, tenía que decir lo mismo: tanto las maridadas como las célibes le parecían insultantemente esbeltas. Así, por esa razón, se iba sintiendo más aislada, como si fuera una hedionda; y aquella soledad, a veces, le resultaba insoportable. ¿Dónde diablos se ocultaban los gordos como ella? ¿En qué agujero se hallaban metidos? Ser gordo en aquel mundo dominado por flacos era una desventura, casi como ser, por ejemplo, leproso en un burgo del medievo. Ella ni siquiera lograba que le hicieran un seguro de vida. Las carnosidades representaban una maldición y tener un buen apetito constituía una zafiedad imperdonable. En más de una ocasión le había sucedido algo tan odioso como el que un camarero le hubiese puntualizado, a modo de apostilla venenosa, proferida con cierto retintín desagradable y molesto sonsonete, al referirse a la chuleta o a la merluza que le había encargado, eso tan cruel y desangelado de “a la plancha y sin sal, naturalmente”. A punto había estado de chillar una vez: “naturalmente que no, quiero mucha sal, mucho aceite y mucho ajo”. Pero se había callado, deprimida y acobardada. Existía una conspiración contra los gordos, y no se trataba de algo disimulado y clandestino, sino de una persecución implacable y realizada sin ambages, a la luz del día. No había barrio donde no se hubiera abierto una tiendecita de productos dietéticos destinados a los rollizos, ni farmacia en la que, de un modo llamativo y espectacular, no se anunciaran tisanas adelgazantes, esponjas reductoras de grasa o pócimas mágicas para enflaquecer a cualquier obeso en un abrir y cerrar de ojos. Toda aquella propaganda feroz estaba produciendo una catástrofe mundial, sobre todo trastornando y convirtiendo en anoréxicas y bulímicas a muchas mujeres sanas, pero débiles e impresionables, o amargando a las que, como era su caso, se veían obligadas a someterse, para no juzgarse una especie de inmundos y despreciables no-seres, a la disciplina y al sacrificio de quitarse de la boca lo que les gustaba. Cuando se tragaba la pescadilla hervida, se sentía como un melómano condenado a escuchar música ratonera.
-Quiero ser como soy –murmuró con fiereza-. Quiero comer y beber. Al diablo con el endocrinólogo y al demonio con la flaca pizpireta de la agencia matrimonial. Prefiero morirme de una indigestión a consumirme suspirando por un trozo de tarta de chocolate”.
GÓMEZ OJEA, Carmen (1998): El granate de Amarilis, Barcelona Edebé, (Nómadas, 2) pp. 19-20).
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