jueves, 25 de agosto de 2011

Nunca habíamos tomado café

Mi abuela de despertó a las seis, con hambre y quisquillosa. Nadie se había acordado de la comida. ¿Cómo pensar en comer cuando el mundo acababa de estallar en llamas? Por fin, mi madre fue a la cocina y preparó unos platos de carne fría y sobras de ensalada de patata, que nos sirvió a los tres agrupados delante de la radio. Hasta nos trajo café. La abuela insistió en comer con la misma formalidad de siempre. Caroline y yo nunca habíamos tomado café y el hecho de que nuestra madre nos lo hubiera servido aquella noche fue para nosotras una señal de que nuestro mundo seguro de siempre ya era cosa del pasado.

PATERSON, Katherine (1999): Amé a Jacob, Barcelona, Noguer, p. 35.

lunes, 22 de agosto de 2011

Una cena de honor




Eran las últimas horas de luz del día y la carroza que iba a llevarles a Roma estaba casi lista. El dux había organizado una cena en honor de los viajeros y allí estaban todos los hombres ilustres de Génova. Por primera vez, a los tres discípulos los invitaban a comer en el mismo lugar que los nobles. Juan Bautista devoraba un pedazo de venado asado y bebía vino en abundancia para que el manjar le bajase al estómago. Su compañero López estaba más acostumbrado a algún que otro banquete, pero él, el hijo de un modesto herrero, no había probado delicias más allá de la “olla podrida”, a la que, por cierto, nunca había hecho ascos, y alguna liebre chamuscada en las festividades importantes. En los viernes de Cuaresma siempre se comían sardinas en la fragua de Miguel Martínez del mazo y eran estos los días favoritos de Juan bautista, que se olvidaba unos instantes del pan, los huevos y el tocino diario.

JUÁREZ, Jorge M. (2011): La misteriosa fragua de Vulcano, Madrid, Bruño, pág. 114. Paralelo Cero, 69.

domingo, 21 de agosto de 2011

Ansiedad y comida


Meghan permanece quieta durante un momento en el granero para recuperar el aliento, atrapado en pequeñas burbujas entre los Cheetos que le atiborran boca y garganta. Inspira, espira. Inspira, espira. Mastica con la boca abierta, resollando mientras come. El hormigueo se ha extendido brazos arriba y piernas abajo: es una blancura ruidosa, como un canal de televisión sin sintonizar. Muy pronto, le arrasará el estómago, le inudará el corazón y los pulmones como agua tibia, le llenará la garganta, la boca y la cabeza. Se ahogará en la nada. Meghan ralentiza sus movimientos: ya puede dejarse caer, hasta el final. Saca la última chocolatina de la mochila algo reticente. Desliza un dedo bajo la solapa de papel de plata. Quiere a la vez engullirla de un bocado y lanzarla lejos.  


GEORGE, Madeleine (2011): Apariencias, Madrid, Editex, Libros de Mochila, p. 159.

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