jueves, 22 de marzo de 2012

El mercat de Rissani

Enmig de l'infinit espai del desert silent, el mercat de Rissani colpeix pel contrast. Trànsit caòtic, clàxons que no paren, gent pertot, rucs carregats fins a les orelles, un paisatge que els darrers dies havia oblidat. Dono la mà a l'Omar a la manera americana. Fins sempre company.. Saltem de la camioneta i ens endinsen en aquell univers dels sentits. La Sony no para. Sort que vaig carregar bé les bateries abans de sortir d'Erfoud.
És el mercat més gran de la zona, darrer vestigi de l'antic esplendor de quan les caravanes que creuaven el Sàhara entraven al Magrib per aquí. Les millors espècies, els tes més aromàtics, les teles més lluents i acolorides, els animals més nobles i les pedres més precioses es venien aquí. Era el primer port, el millor. Les coses han canviat molt, és clar. Les mercaderies de més valor estan en mans de companyies multinacionals o de màfies. Però el mercat continua tenint una intensa vida. Tot es compra i tot es ven. Pots i cassoles, vestits i teles, verdures i fruita, bicicletes i ciclomotors. Passejar-hi és fer un diccionari de tots els objectes del món. Els queviures són en parades escampades en una gran esplanada. Les eines, la maquinària, els cistellers i els llauners tenen botigues en una zona porxada. El bestiar d'engreix és en un espai on hi ha corrals habilitats, tot i que les bèsties campen a la seva. Tothom passeja damunt dels excrements dels animals, sense preocupar-se'n gaire. A hores d'ara, jo tampoc. Les botigues de roba i teixits i les barberies ocupen els minúsculs locals comercials que hi ha als baixos dels edificis de la part nova de la ciutat, que limita amb el mercat. La gent discuteix a crits el preu de les coses, les dones carreguen bosses amb el menjar de la família, hi ha homes que prenen el te i fan el cigarret als taulets dels bars que hi ha pertot. El mecànic repara una bicicleta al carrer, enmig d'una estesa de ferros més o menys rovellats que em fa dubtar seriosament que estiguin capacitats per circular pels camins de la regió. El fuster passa el ribot d'una porta d'armari. Mai no havia vist un fuster treballant amb eines manuals. Prenc imatges sense parar.

VALLBONA, Rafael (2011): Camins damunt les dunes. Editorial La Galera: Barcelona. Pàgines 112-114.
Igicerny (2010): Rissani
Sobre el mercat de Rissani: El blog del viajero.

martes, 20 de marzo de 2012

Pizza andaluza

“Ahora, todo el protagonismo es de las niñas. Bajo la supervisión de su abuela, sacan del horno –apagado hace una hora- una gran bandeja plateada. Contiene una masa plana y tostada, difícil de identificar. Tal vez pizza, quizá empanada, o pan dulce para tomar con aceite y tacos de queso… Las gemelas dejan la bandeja sobre la mesa, observan con expresión triunfal a su sorprendido padre, trocean la torta y la sirven en porciones desiguales, como hacía su madre. El muchacho y su padre son los primeros en probar la novedad.
-¡Está buenísimo! –reconoce Nacho.
-¿Dónde habéis comprado esto? –pregunta el padre.
Las gemelas se ríen, miran a su abuela y explican que ella les ha enseñado, esta tarde, una antigua receta andaluza. Primero han hervido agua en una cazuela Después la han llenado con los mendrugos de pan duro que suelen tirarse y que la abuela guarda siempre. Sobre el pan empapado se cascan dos huevos, y todo es machucado y revuelto a conciencia. La pasta resultante es sazonada con sal, pimienta y tomillo. Se agrega cebolla picada y se mete en el horno. Cuando alcanza el dorado oportuno, la nueva pasta es rociada con salsa de tomate, aceite de oliva y un chorrito de café cargado.
-¿Te gusta, papá?
-Creo que la abuela ha inventado una pizza mejor que la italiana.
-No, papá. Esta torta se comía en Sevilla después de la guerra, cuando la gente era pobre y había cartillas de razonamiento.
-¿En serio?
-Sí, papá. Fueron los soldados italianos, los que vinieron a la guerra de España. Quienes copiaron la receta y la llamaron pizza.

AYLLÓN, José Ramón (2009): Otoño azul, Madrid, Bambú, pp. 64-65

El aroma de los membrillos



Aunque, no sé por qué, lo mejor que recuerdo es la fragancia de los membrillos. Al fondo de la huerta había dos membrillos. Ahora solamente queda uno, porque el otro se secó. Siempre estaban cargados de frutos enormes, que durante el mes de septiembre se volvían de color del oro. Me encantaba tocarlos, con aquel terciopelo suave que te hacía cosquillas en la palma de la mano cuando los acariciabas. Una vez probé uno. Pensaba que tendría un sabor semejante a las peras o a las manzanas, pero estaba duro y tenía un sabor áspero y amargo; tuve que dejarlo así, mordisqueado, y esconderlo entre las hierbas que había cerca del melocotonero, para que no me riñesen por estropear la fruta.
Un día, a finales de septiembre, mamá Raquel anunció que iba a hacer membrillo y le pidió a mi madre que la ayudase. Mamá abandonó por un día la máquina de escribir y se puso a trabajar con la abuela. Yo estuve con ellas, mientras el abuelo atendía a Daniel. En los días anteriores la abuela había ido recogiendo los membrillos, que ahora estaban en una cesta grande. Después, en la cocina, comenzaron el proceso. Ahora ya sé cómo se hace, porque lo he visto preparar en varias ocasiones, incluso ayudé a la abuela el año pasado. Pero en aquella ocasión asistí fascinada a aquel ritual que tanto me atraía.
En primer lugar frotaban los membrillos con un paño blanco, para quitarles la pelusa, después los pelaban como si fuesen patatas, y los cortaban a cuartos. Y esos trozos los ponían a cocer en una cazuela, hasta que se ablandaban y tomaban un color amarillo fuerte, como el que tienen ahora mis ojos. Después colocaban esos trozos encima de la mesa, cubierta con un paño blanco, hasta que se secaban y se enfriaban. Seguidamente venía el trabajo más duro, porque había que triturar todo aquello con el pasapurés, venga vueltas y más vueltas, hasta dejarlo convertido en una espesa pasta, que se iba echando en otra cazuela.
A continuación mi abuela añadía mucho azúcar, ponía la cazuela a hervir y se pasaba toda la tarde dale que te dale, revolviendo aquella pasta que hacía chup-chup como si fuera el caldero de la bruja de los cuentos, hasta que todo se mezclaba muy bien y tomaban un color dorado, de miel, mientras la casa entera se llenaba con el intenso olor que conservo tan dentro de mí.
Cogíamos después grandes tazas de loza, aquí dejaban que yo las ayudara, las íbamos llenando hasta el borde y las tapábamos con papel blanco de seda. Luego mamá Raquel las ponía a enfriar en los peldaños de la escalera que subía al piso de arriba. Durante las noches siguientes, cuando me iba a acostar, pisaba lentamente los peldaños de la escalera, porque me gustaba cerrar los ojos y respirar aquella fragancia intensa e inolvidable.

FERNÁNDEZ PAZ, Agustín (1994): Trece años de Blanca, Barcelona, Edebé, pp. 35-36.

Més informació sobre el codonyat
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