viernes, 2 de noviembre de 2012

"Fue glorioso"



"Cogí todos loas atlas de Helmut y los abrí sobre el suelo. Cogí todos los compactos, los saqué de sus cajas y los fui dejando caer por los pasillos; unos caían por la parte donde no pasaba nada, otros, más o menos la mitad, por la parte destimada al rayo láser. Luego fui al frigorífico y conseguí diversas sustancias; miel, mermelada, mantequilla, queso cremoso, ketchup, mostaza, salsa tártara, leche condensada, cocacola light. Fui untando o derramando, según el caso, todos aquellos mejunjes sobre las páginas de los atlas de Helmut, y con lo que me sobró embadurné los discos compactos que habían caído con el lado sensible hacia arriba. Terminada mi tarea, me senté a esperar. Fue glorioso."

SILVA, Lorenzo (2012): El cazador del desierto, Madrid: Anaya, Espacio Abierto, 66, p. 152.

Un cumpleaños diferente

Vanesa
“En el cumple de Vanesa
no hay golosinas normales,
que los dulces con azúcar,
para ella, son fatales.

Ponen pinchos de tortilla,
lechuguita con tomates,
queso fresco, zanahorias,
avellanas, calamares…

Y los zumos que bebemos
son de frutas naturales”

PELLICER, M. Dolors (2012): Nombres con sabor a verso, Alzira: Algar, El Calcetín, 79, p. 68.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Andrea y Los Seiscientos

Carlos Solana Contreras (2009): La muchacha y el crrito de los helados
Helados...
Andrea los había visto por televisión, pero jamás los había probado. Ese era otro de los objetivos de su viaje: Comer helados por primera vez en su vida. Helados italianos, los mejores del mundo. Había imaginado mil veces su textura y tenía decidido desde hacía meses qué sabores pediría: mantecados y chocolate.
Localizó el quiosco de los helados mientras consideraba que el guitarrista de la orquesta. Sensación carecía por completo de sentido del ritmo. Alargaba innecesariamente algunos compases y sus compañeros sufrían lo indecible para seguirlo. Una calamidad. Y el peor no era él, sino el cantante. Se suponía que debía imitar a REnato Carosone, pero el resultado estaba a mitad de camino entre Torrebruno y Rita Pavone. Horrible. Horrible, horrible.

-Uno de mantecado y chocolate, por favor.
El dependiente del quiosco alzó en las manos dos barquillos de diferente tamaño.
-¿Pequeño o grande?
-Grande.
El hombre levantó la tapa metálica de la nevera, que tenía forma de cono con michelines, y hurgó en su interior.
Y entonces ella, la chica que acababa de pedir el helado, lentamente, giró la cabeza hasta que su mirada se encontró con la de Andrea, que se había acercado temerariamente a menos de diez pasos del quiosco de helados. Él, entonces, intentó esquivarla, pero no pudo. Trató de bajar la vista, pero se sintió incapaz.
Cuando el hombre colocó sobre el barquillo la bola de dos colores, a Andrea se le hizo la boca agua y el corazón, escarcha.
Tuvo que admitir que aquella era la chica más hermosa que había visto nunca. Y su mirada azul, la más demoledora que imaginarse pueda. Y también su sonrisa. Y la forma en que se llevó el helado a los labios.
Andrea nunca había sentido nada igual.
Todavía no sabía a qué sabía un helado, pero ahora ya sabía lo que era un flechazo.

Fernando LALANA y José María ALMÁRCEGUI (2021): Andrea y Los Seiscientos. Editorial Oxford, El árbol de la lectura; 39: Madrid. Páginas20-22.


Guía de lectura de la editorial Oxford: CLICA AQUÍ.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

ENGRANDEIX EL TEXT