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miércoles, 14 de agosto de 2013

Faré règim!

-¡Càndida, el berenar!
La mare era tan prosaica i terrenal que no tan sols ignorava el seu sacrifici sinó que a més la convidava a perpetuar la seva trista condició de foca temptant-la amb xocolates calòriques i croissants greixosos.
La Càndida va veure una porta oberta per a la seva salvació. No calia fer tanta fumera ni socarrimar-se com un pollastre a l`ast. Hi havia altres camins.
¡Faria règim!
¿No feien règim les mames, les tietes, les secres de segona, les hostesses de British Air, les models i les gimnastes?
Doncs ella, la Càndida, no es quedaria a la cua.
-Gràcies mama, no berenaré perquè faig règim.
La mare va entrar com un coet a l`habitació, amb l`evident intenció de coaccionar-la.
-¿T`has tornat ximple?
-M`he tornat grassa.
-¡Estàs creixent!
-¡I un be negre! Fa més de sis mesos que no creixo ni un centímetre. Si menjo m`engreixaré i prou.
-I si no menges, acabaràs que t`haurem de portar a l`hospital.
-Qui ha dit que no menjaré. Penso fer règim. Jo ho saps, coses lights.
La mare va fer una cara que la Càndida coneixia prou: maquiavèlica.
-¿O sigui que vols fer règim? ¿Vos dir que menjaràs bledes bullides, carn a la planxa, verduretes sense sal i peix blanc?
La Càndida va fer un gest de repugnància.
-¡Puagg! Això és menjar de iaios amb colesterol, jo vull dir coses light, ja m`entens, macarrons lights, xocolates lights, estofats lights.
La mare no ho volia entendre.
-No en fan, de tot això, Càndida. Si ho vols pots prendre llet descremada, que és fastigosa; o galetes de règim, que semblen serradures; o formatgets insípids sense calories. El règim que fa aprimar és el que t`he dit jo.

CARRANZA, Maite (1993): ¡Frena, Càndida, frena!, Barcelona, Cruïlla, Gran Angular, 50, pp. 60-64
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jueves, 28 de marzo de 2013

El espíritu de los hielos


En Groenlandia

D.J. se sentía sucio. En realidad estaba sucio, y no eran alucinaciones suyas, ni el pestazo de whisky ni la barba de dos días, ni el cabello grasiento y la ropa sudada. Llevaba un montón de horas encerrado en su cabina, y ese hecho y la opacidad de su situación lo tenían desquiciado. Era grotesco. En un principio, habría jurado que se encontraba bajo los efectos del alcohol, pero las latas que le introdujeron en su cabina, y el abrelatas, eran muy reales. Se sentía fatal y, cosa inusual en él, estaba mareado como una sopa. Aparte de la comida caliente, que añoraba como todo mortal, él era adicto al café, a la limpieza y, sobre todo, al alcohol. En la estrechez de su camarote, que comenzaba a resultarle opresivo, se le aparecían, en forma de espejismos, deliciosas botellas de cerveza fresca, tazas de humeante café y platos llenos a reventar de raviolis y de pollo. Para colmo de males, se estaba quedando sin cigarrillos. Se hundió en un sopor inquieto: la lata de champiñones que acababa de comerse había terminado con sus jugos gástricos. Se adormecía sin poder pensar en nada. Deseaba salir de aquel agujero, saber qué pasaba, quién gobernaba el barco, pero era incapaz de razonar.

MAITE CARRANZA (2010): El espíritu de los hielos. Editorial Algar. Barcelona. Página 69.

En la selva amazónica

Odilia y J.B. escuchaban boquiabiertos el discurso de Wilfredo.
-Aquí se respira aire puro, comemos alimentos no contaminados y trabajamos sin intermediarios. Todo es artesanal. Fijaos. –Les señaló su bol.- Este bol de arcilla está todo hecho a mano y secado al sol. La bebida de mandioca la hacen a diario las mujeres –y señaló a las mujeres que escupían dentro de los recipientes; Otilia sintió náuseas –y se fermenta sin aditivos ni conservantes. Aquí todo es tan natural que hasta he aborrecido el tabaco. Yo también me siento integrado en mi entorno, y supongo que se me nota. Esto es como un paraíso natural; tomas lo que deseas, y lo que no necesitas lo dejas ahí, pero no lo destruyes, como hace nuestra civilización, por el placer de destruir. Por cierto, ¿queréis comer algo?
Otilia se lo agradeció. Estaba hambrienta.
-No sé qué me pasa, pero desde que soy un jíbaro como mucho más que antes y no me hace daño nada. Estoy como nuevo –abrazó efusivamente a la japonesa-. Y todo se lo debo a Suamak, la estrella que me guio en la oscuridad. Yo tenía una intuición, pero no podía soñar con un destino tan maravilloso como este. Cuando abandoné al doctor Peddeckoe en Macásy me interné en la selva, quería morir, deseaba que alguna bestia me devorase y acabara de una vez con aquella vida tan mediocre. Pero resulta que no era bueno ni para eso, y los únicos que disfrutaban conmigo eran los mosquitos. Creo que me desmayé de cansancio y, al abrir los ojos, ella estaba delante de mí.-Señaló a Suamak.- Fue un amor a primera vista.
Suamak le frotó tiernamente la nariz, sucia de fango.
-Cuando lo encontramos, hace tan solo tres días, era un cadáver, un subproducto del mundo capitalista competitivo y cruel que lo había arrinconado como inservible. Pero esta cultura ha obrado el milagro: de las cenizas de Wilfredo ha nacido Narema. Yo lo velé y lo alimenté con mis propias manos porque supe en seguida que estábamos predestinados. Somos dos almas gemelas que compartimos la misma forma de pensar y de vivir y un pasado sombrío. Un pasado lleno de libros que queremos olvidar, ¿verdad, tupín mío?
No cabía duda de que Wilfredo era otro. Su transfromación no era únicamente física: también habían cambiado sus constantes vitales. Rebosaba energía y la transmitía en cada gesto y encada palabra. A modo de aperitivo, les ofreció unas pastitas blancas colocadas sobre una hoja.
-Comed, comed. ¡Hummm, son deliciosas! La cacería me ha abierto el apetito. Mi primera cacería ha sido una experiencia increíble. He sentido cómo me hervía la sangre;  pero no por el instinto de matar, no, sino por una especie de relación primaria entre el hombre y su alimento. Yo buscaba mi propio alimento. Por primera vez, yo, Wilfredo, perdón, Natema, he luchado por mi supervivencia. He dejado de ser un parásito que chupa del trabajo de los demás y me he convertido en un individuo activo que consigue carne fresca. Es fantástico. Lo que nos estamos comiendo no lo he adquirido en una pastelería, ni he usurpado la fuerza de trabajo de nadie. Lo recogí yo mismo ayer por la mañana y lo guardé para hoy. Soy un cazador recolector y, cuando me admitan para celebrar el ritual de iniciación y pueda unirme a Suamak, fundaremos una casa independiente con otras esposas y mis pequeños jíbaros. Seré capaz de procurar alimentos para todos.
Otilia no lo había entendido bien.
-¿Tendrás más de una esposa?
-Sí, es la costumbre. Hay aproximadamente el doble de mujeres que de hombres. Ya se sabe: las guerras, las cacerías. Es inevitable.
Pero Otilia saltó indignada.
-¿Y cómo puedes estar de acuerdo? –interpeló a Suamak sin poderse reprimir y dejando clara su disconformidad con esa prerrogativa machista.
D.J. palideció y los interrumpió oportunamente alzando su galleta.
-Me preguntaba de qué está hecha la galleta, parece viva.
Otilia, de pronto, se dio cuenta de que su galleta era más blanda de lo que creía que tenía un sabor salado parecido al embutido.
Wilfredo masticando una con deleite, le contestó:
-Larvas del escarabajo de la chuta.

MAITE CARRANZA (2010): El espíritu de los hielos. Editorial Algar. Barcelona. Páginas279-282.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Palabras envenenadas


Estoy tan nerviosa que no he visto Friends, una cita a la que no fallo nunca. En lugar de poner en marcha el DVD me he puesto a caminar en círculos como un león enjaulado. Es lo que soy. Un animal dentro de una jaula, encerrado, prisionero, en manos de un loco que me obliga a hacer cosas que no quiero, que luego, como premio, me da de comer de su mano, pero que cuando menos me lo espero saca el látigo y me azota sin mover una ceja, sin un ápice de compasión. Si me escapara, me dispararía con el placer de los sádicos. Como a una rata.
Abro la nevera y curiseo los tupperwares donde guardo la comida de días anteriores hasta que se pudre. Tengo prohibido tocarlos. Es una costumbre que me impuse hace años, después de vivir hambrienta. No sirve de mucho pero me da tranquilidad. Me dije que nunca más volveré a pasar hambre, como Escarlata O'Hara en aquella escena en la que levanta la cabeza y toma un puñado de tierra roja de Tara. Pero yo no fui tan fotogénica ni tan heroica, simplemente me privaba de los restos de comida, la clasificaba en pequeñas raciones y las guardaba como un tesoro. Abro un tupperware con hojas de ensalada y tomate y me los meto en la boca a puñados, a continuación abro otro con un trozo de pollo frío y me lo trago sin masticar. Quiero aplacar la desazón, borrar la angustia, pero en vez de saciarme cada vez tengo más hambre.
Durante estos tres años me había conseguido adiestrar, como a los leones, a fuerza de escamotearme el alimento. Descrubrió que era un arma poderosa y jugó con ella. Y lo que no habían podido los golpes lo pudo el hambre. Me tenía en ayunas, sufriendo, hasta que de pronto venía y me dejaba oler una comida apetitosa. Abría la puerta unos instantes y un aroma de pollo asado, insultante de tan delicioso, se colaba en el sótano y me daba en la nariz. Tener hambre y no poder comer es morir un poco cada minuto, cada segundo. El cuerpo me avisaba de que tenía que luchar para no desfallecer. Me miraba los brazos, cada vez más delgados, las piernas escuálidas, las costillas que se podían contar una a una y el vientre hundido entre los huesos de la pelvis. Me estaba convirtiendo en un esqueleto. Recordaba historias de náufragos que bebian sangre de sus compañeros, de soldados que comían vísceras de los muertos, de supervivientes en la nieve que se habían alimentado de cadáveres. Y no me extrañaba nada, porque el hambre era tan acuciante que cualquier cosa que la aplacase estaba permitida. Habría asesinado por un plato de macarrones.

CARRANZA, Maite (2010): Palabras envenenadas. Edebé, Premio Edebé de literatura juvenil: Barcelona. Páginas 152-153.

Para leer los dos primeros capítulos de la novela: CLICA AQUÍ.
Guía de la editorial EDEBÉ: PLAN LECTOR.
Guía realizada por Ascensión García Pallarés: CLICA AQUÍ.

martes, 1 de noviembre de 2011

Comer de Pícnic

Los guías nos han repartido unas bolsas de papel en las que ponía PICNIC porque haremos una excursión y comeremos en la montaña. Hemos mirado qué había dentro y no tenía demasiada buena pinta: un bocata de queso, otro de un embutido muy extraño de color naranja, un trozo de lechuga y un yogur. En cambio el Melón tenía un huevo duro y un plátano. Es un enchufado porque viaja en otro autocar de más categoría que el nuestro. Nos ha dicho que partiría el huevo en tres pedazos y lo compartiríamos, pero que el plátano no, porque tiene mucho potasio y él necesita potasio.

CARRANZA, Maite (2011): Víctor y los vampiros, Barcelona, Edebé, p. 114.

El menú de Jonathan Harker


El guía nos ha explicado que antes no existía porque Bram Stoker se lo inventó, pero que lo construyeron no hace mucho para los turistas como nosotros, que les hace ilusión creer que sí, que están en el mismo lugar que el personaje de la novela.
Es un hotel bastante normalito que tiene un restaurante bautizado como Jonathan Harker. Fuera de la sala está colgado el menú de la cena de Jonathan Harker:
Robber Steak
Carne de buey con tocino, cebolla y pimiento rojo
Vino Golden Mediasch
Qué asco. A mí no me gusta el pimiento. Mi padre, en cambio, ha flipado y se ha hecho el listo.
-Eh, para cenar tenemos el menú que cenó Jonathan Harker en la novela. Es increíble.


CARRANZA, Maite (2011): Víctor y los vampiros, Barcelona, Edebé, p. 70
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