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miércoles, 6 de febrero de 2013

Almogávar sin querer

Iban a ser tres jornadas de camino. Cuatro, quizá. Y en la alforja que me envió el abuelo solo encontré media hogaza de pan, media vuelta de chorizo y dos manzanas. Suficiente para llegar hasta Agüero pero no para bajar hasta la ribera. Ni, mucho menos, para volver.
Pero, ¿quién podía pensar en volver?
Aunque jamás había visto el castillo del barón, sabía que bastaba con seguir el curso del río Gállego para dar con él. Sin embargo, no era ese el mejor camino, por ser el más expuesto. Así que, prudentemente, fui dando largos rodeos, que se me hacían interminables. Aquel primer día solo me introduje en el cauce en un par de ocasiones y, aun eso, por no ver otra posibilidad de avanzar.
Al caer la noche, seguí caminando, a la luz de la luna creciente.
Tras dormir las últimas horas de la madrugada y las primeras del día, proseguí camino. Esa segunda jornada, llegado el momento del almuerzo, ya había ocnsumido todas las provisiones.

Fernando Lalana y Luis A. Puente (2010): Almogávar sin querer. Editorial Bambú: Madrid. Páginas49-50.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Andrea y Los Seiscientos

Carlos Solana Contreras (2009): La muchacha y el crrito de los helados
Helados...
Andrea los había visto por televisión, pero jamás los había probado. Ese era otro de los objetivos de su viaje: Comer helados por primera vez en su vida. Helados italianos, los mejores del mundo. Había imaginado mil veces su textura y tenía decidido desde hacía meses qué sabores pediría: mantecados y chocolate.
Localizó el quiosco de los helados mientras consideraba que el guitarrista de la orquesta. Sensación carecía por completo de sentido del ritmo. Alargaba innecesariamente algunos compases y sus compañeros sufrían lo indecible para seguirlo. Una calamidad. Y el peor no era él, sino el cantante. Se suponía que debía imitar a REnato Carosone, pero el resultado estaba a mitad de camino entre Torrebruno y Rita Pavone. Horrible. Horrible, horrible.

-Uno de mantecado y chocolate, por favor.
El dependiente del quiosco alzó en las manos dos barquillos de diferente tamaño.
-¿Pequeño o grande?
-Grande.
El hombre levantó la tapa metálica de la nevera, que tenía forma de cono con michelines, y hurgó en su interior.
Y entonces ella, la chica que acababa de pedir el helado, lentamente, giró la cabeza hasta que su mirada se encontró con la de Andrea, que se había acercado temerariamente a menos de diez pasos del quiosco de helados. Él, entonces, intentó esquivarla, pero no pudo. Trató de bajar la vista, pero se sintió incapaz.
Cuando el hombre colocó sobre el barquillo la bola de dos colores, a Andrea se le hizo la boca agua y el corazón, escarcha.
Tuvo que admitir que aquella era la chica más hermosa que había visto nunca. Y su mirada azul, la más demoledora que imaginarse pueda. Y también su sonrisa. Y la forma en que se llevó el helado a los labios.
Andrea nunca había sentido nada igual.
Todavía no sabía a qué sabía un helado, pero ahora ya sabía lo que era un flechazo.

Fernando LALANA y José María ALMÁRCEGUI (2021): Andrea y Los Seiscientos. Editorial Oxford, El árbol de la lectura; 39: Madrid. Páginas20-22.


Guía de lectura de la editorial Oxford: CLICA AQUÍ.
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