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jueves, 31 de julio de 2014

Tesa. El despatx de don Baltasar de Garciherreros

Només em quedava per revisar la zona de la cuina que incloïa la sala d'estar que tant agradava a l'àvia i completava el cercle que el pis dibuixava al voltant del pati central.
La Remigia netejava verdura per al sopar, asseguda al costat de la taula de tapa de marbre que presidia la cuina.
-Què vols? -va preguntar sense alçar els ulls.
-Res, mirar.
La cuina era molt gran i podia ser un estudi dels avenços en material culinari dels últims anys. Al damunt del brillant fogó de carbó, original de la casa, hi havia el microones i una paella elèctrica. Dins de l'armari de fusta crua, una olla ràpida tafanejava a través de la reixeta de galliner de les seves portes. Un rentaplats s'amagava rere una cortina ratllada, sota de l'enorme safareig de pedra.
-Què hi ha en aquella porta?
-El rebost -va respondre tallant.
-I en aquella?
-El safareig i la meva habitació -va respondre impacient, i va afegir-: Però passa, filla, passa. No et quedis amb les ganes.
El safareig tenia, a més de la pila de granit, una rentadora i una assecadora i tots els trastos de planxar ordenats meticulosament en un prestatge. L'habitació de la Remigia era la més sòbria de la casa, només un llit estret, un armari desnodrit i una cadira. L'única decoració eren unes estampes i algunes fotos clavades amb xinxetes damunt del capçal. Rere d'una cortina, un vàter, una dutxa i un lavabo.

Pilar Molina Llorente (2013): Tesa. El despatx de don Baltasar de Garciherreros. Edebé. Premi Edebé de literatura juvenil: Barcelona. Págines 34-35.

Información sobre la obra en CANAL LECTOR: CLICA AQUÍ.

martes, 15 de enero de 2013

Callos en lugar de bacalao

 

"Debo confesar un pecadillo que el médico no me perdonaría. Tenía puerros con patatas para comer. Y bacalao fresco en salsa.
Pero hacía mucho que no me sentía tan bien, sano y pletórico de energía, dispuesto a conquistar el mundo… El caso es que, a la vuelta de mi paseo por la playa, puse a calentar unos callos.
Después, abrí una botella de vino.
Comí hasta hartarme."

LERTXUNDI, Anjel (2001): Cuaderno de tierra firme, Madrid: Santillana, pág. 39

sábado, 12 de enero de 2013

La caligrafía secreta


Grimal dejó escapar un largo suspiro.
-Últimamente, mucha gente tiene problemas en Francia-musitó.
-Cuando veníamos hacia París vimos cómo el ejército aplastaba una revuelta campesina –dijo Mariana-. Y esta mañana hemos estado en el barrio antiguo y le juro, padre, que nunca antes había contemplado tanta miseria.
El sacerdote cogió un trozo de pan y lo sostuvo entre los dedos.
-¿Sabes cuánto vale una libra de pan? –preguntó-: quince  sueldos. Un obrero gana treinta sueldos diarios, de modo que no puedo comprar pan, al menos todos los días. Y eso en cuanto a los que tienen trabajo, porque la mayor parte de la gente está desempleada. El pueblo pasa hambre, Mariana; los campesinos abandonan sus pueblos y llegan en riadas a París en busca de sustento, pero todo lo que encuentran es miseria y enfermedad. En el barrio de Saint-Antoine, sin ir más lejos, hay decenas de miles de menesterosos, y créeme, hija, por desgracia no exagero.
-¿Pero los Estados Generales no se habían convocado para solucionar eso? –preguntó Mariana.
El sacerdote sonrió con amargura.
-Los Estados se clausuraron hace casi una semana y nada se ha solucionado.

César Mallorquí (2007): La caligrafía secreta. Editorial SM: Madrid. Páginas 106-107.
SINOPSIS: CLICA AQUÍ.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Misión Silverfin

-Deja que te vea bien -dijo, apartándolo un poco-. A ver qué te ha hecho esa horrible escuela.
James le sonrió e intentó no sonrojarse al verse examinado.
-Estás bien -decidió ella-. Aunque no te han alimentado mucho. Estás más seco que el palo de una escoba.
-La comida es horrible.
-Casi toda la comida inglesa es horrible, cariño. Tendrías suerte de encontrar un hotel de cinco estrellas donde fuera mejor. Te has acostumbrado a mi forma de cocinar, ¿sabes?
Charmian había viajado por todo el mundo y había recogido recetas e ingredientes en los muchos países que había visitado. En consecuencia, James había comido platos de pasta de Italia, curry de India, cuscús del norte de África, fideos de Singapur e incluso una vez había probado el pollo con chocolate de México, aunque este plato no había tenido mucho éxito. Por tanto no era sorprendente que la comida sosa y pastosa de Eton no le hiciera la boca agua precisamente.
-¿Recibiste mis paquetes? ¿Los pasteles y las galletas?
-Sí gracias, fueron de gran ayuda.

HIGSON, Charlie (2006): Misión Silverfin. Las aventuras del joven James Bond. Editorial Destino, Destino Infantil&Juvenil: Barcelona. Páginas 116-117.

lunes, 22 de octubre de 2012

Mermelada de mirtilos

Mel Antunes (2011): Mírtilos
- La segunDa cosa que debéis saber es que la mermelada fresca de mirtilos es lo mejor que se puede comer, no solo para desayunar, sino como acompañamiento para unas crêpes. Así que, ahora mismo, salid a donde os he dicho, ahí enfrente, coged estos cubos y traedlos llenos de mirtilos. Se os mancharán las manos de azul, pero no importa: la piel y vuestras uñas azules serán la prueba de que habéis disfrutado de una mañana de recolección de frutas en medio de la naturaleza. Como hacían los hombres primitivos de los que, en el fondo, no nos distinguimos tanto: tomaban lo que la naturaleza les daba para vivir y para disfrutar. Somos unos privilegiados.
Frau Adine puso dos cubos de plástico blanco en las manos de sus dos jóvenes amigos y los invitó a salir de la casa.
-Frau Adine –dijo Carolina.
-¿Sí?
-Ha dicho que había tres cosas que deberíamos saber. Y solo nos ha contado dos. ¿Cuál es la tercera?


ALCOLEA, Ana (2010): La sonrisa perdida de Paolo Malatesta. Editorial Oxford, El árbol de la lectura; 6: Madrid. Páginas 153-154.

ACTIVIDADES SOBRE LA LECTURA: PROPUESTAS DE LA EDITORIAL

Blog de la autora: CLICA AQUÍ.

viernes, 25 de mayo de 2012

Jamás había probado un desayuno tan bueno


El olor a chocolate y a pan tostado lo llevó directamente al comedor. Sus padres, sus nuevos amigos y otras personas estaban sentados alrededor de una mesa larga, cubierta con un mantel de cuadros rojos y blancos, mientras Maika y otra mujer se encargaban de servirles. Ocupó una silla vacía en una esquina de la mesa, respondió afirmativamente a la pregunta de si había dormido bien y untó con mantequilla una rebanada de pan tostado antes de introducirla en un tazón de líquido humeante. En casa casi nunca desayunaba, a pesar de que había oído decir cientos de veces a su padre que el desayuno era la comida más importante del día y que era preciso desayunar bien para enfrentarse con ánimo a la jornada laboral. Un vaso de cacao frío y, a veces, un par de galletas o una magdalena de bolsa era lo máximo que tomaba. No tenía tiempo que perder, pero en aquella casona las cosas eran distintas, y jamás había probado un desayuno tan bueno.

MARTÍNEZ DE LEZEA, Toti (2011): Muerte en El Priorato, Madrid: Alfaguara, pp. 38-39

domingo, 20 de mayo de 2012

El ocupante

Cuando regresó a casa, tras visitar a Nuria, los padres no habían llegado, ni tampoco su hermano pequeño. Se sentó en el sofá del comedor pensando qué hacer. Se le ocurrió preparar la cena, alguna cosa sencilla, pan con  tomate y tortilla francesa, por ejemplo, y un poco de ensalada para acompañar. Aquel gesto servicial haría feliz a su madre. Pondría la mesa. Cenaría con ellos y, entre plato y plato, les recordaría la promesa de una semana atrás: que esta noche le iban a dejar salir con los amigos del insti. Eso era un buen plan. Miró la hora en el reloj. Los padres debían de haber ido de tiendas, o a visitar a Pablo. Todavía tardarían un rato. Tenía tiempo de preparar la ensalada y el pan con tomate y dejar batidos los huevos de la primera tortilla para echarlos al fuego justo cuando oyera la llave en la cerradura. Sí, era un buen plan.
Cuando ya estaba en la cocina y buscaba los ingredientes en la nevera para preparar la ensalada, sonó el timbre de la puerta. Alberto fue a abrir con un par de tomates verdes en la mano.
- Nos volvemos a ver, chaval -saludó el policía.
Alberto sintió que desfallecía. Otra vez aquel hombre... y en su casa.

ÀNGEL BURGAS (2010): El ocupante. Editorial Oxford, El árbol de la lectura: Madrid. Páginas 204-205.
Actividades de la editorial: CLICA AQUÍ.
Ficha S.O.L.
Página personal del autor: ÀNGEL BURGAS.

lunes, 27 de junio de 2011

Un extraño potingue rojo



“Para sellar el fin de las hostilidades, los chicos alzaron sus vasos y bebieron hasta no dejar ni gota.
-Lo hago con zumo de grosellas, fresas y frambuesas. Lleno de vitaminas –explicó Margaret.
-Está bueno –dijo Vicente, interpretando la opinión general. Con una excepción: Nicolás pensaba que hubiera mejorado mucho con un poco de mora machacada”.


VÁZQUEZ-VIGO, Carmen (2011): El extraño caso del potingue rojo, Madrid, Bruño, AltaMar, 1995, p- 125..

Una paella singular

                                              Paella mixta de carne y marisco

“A la derecha del cartel había pintado una paella de frente, sin pensar que en esa posición todo el arroz se vendría abajo. Lo que quería era llamar la atención sobre los carabineros, las cigalas y otros suntuosos mariscos que allí aparecían. Luego, las cosas como son, en la paella que Perico guisaba sólo había un par de mejillones y alguna pata de calamar despistada.
A la izquierda, otra pintura mostraba un bocadillo de donde colgaba una larga lengua de jamón color fucsia que no era en realidad tan ibérico como esperaban los ingenuos turistas”.


VÁZQUEZ-VIGO, Carmen (2011): El extraño caso del potingue rojo, Madrid, Bruño, AltaMar, 1995, p. 70

Moras para los turistas de Torredemar


                                                         Supermoras

“Pero Nicolás pensaba que no era para tanto. A esas horas el sol le parecía un huevo frito, sin más; pero le convenía que la gente estuviera tanto rato quieta en el mismo sitio. Mucho sentido artístico no tenía, la verdad, pero para los negocios era bárbaro.
Recogía moras de las que crecen tras las dunas. Excepto algún pinchazo que otro, no le costaban nada. Las metía en bolsitas de celofán y las vendía a precio de tienda ecológica. Lo mismo que los demás chicos del pueblo, sabía que bastaba con ponerse un poco pesado para que sus “víctimas”, con tal de que las dejasen en paz, acabaran por comprar cualquier cosa”.


VÁZQUEZ-VIGO, Carmen (2011): El extraño caso del potingue rojo, Madrid, Bruño, AltaMar, 1995, p 10.
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