Mostrando entradas con la etiqueta Novel·la realista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Novel·la realista. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de octubre de 2014

Ciudad de huérffanos

Maks y Willa entran en la cocina.
Es una estancia de unos tres metros de ancho por tres de largo y en ella hay una mesa cuadrada, cubierta con un hule amarillo, y una lámpara, además de tres sillas y un barreño de plomo que hace las veces de fregadero. Los fogones son de hierro y, al lado, se ve un cubo de carbón, además de la despensa y una alacena con platos y cacerolas. También hay una fresquera, aunque la familia solo compra hielo durante los días más calurosos del verano. En invierno, para evitar que la comida se eche a perder, la colocan en las repisas de la ventana.
También hay un gran barreño de plomo, con una tabla de fregar que mamá utiliza para lavar la ropa y en el que, a veces, se bañan. En un estante sobre los fogones se pueden ver tras grandes planchas de hierro, que mamá también usa para trabajar.
No es mucho, aunque en la habitación no caben muchas cosas más.

Avi (2012): Ciudad de huérfanos. Editorial Bambú. Páginas 66-67.

jueves, 29 de agosto de 2013

Amor, dieta y tarta de chocolate

En la consulta del doctor Dubose hasta la báscula era muy moderna, "de diseño", como dicen en las revistas. Eso no impedía que marcara 93 kilos 300 gramos y que me tocara las narices. Nunca deberíamos ir al médico después de las vacaciones de Navidad.
-Bueno..., Ben..., cuéntame un poco lo que comes...
-Esto...
-¿Qué te gusta?
-¡Pues todo! O casi todo...
Mamá soltó una parrafada típica de madre y me dio una vergüenza tremenda. Cuando pudo meter baza, el médico me preguntó:
-Entonces, en tu opinión, ¿qué comes que te pueda engordar?
Lo dudé un poco y después dije:
-¡Nada en especial! Como igual que todo el mundo, solo que mi metabolismo asimila más las grasas y no quema suficientes calorías.
El doctor sonrió. Esa historia del metabolismo la había leído en el folleto que me había dado la enfermera de mi colegio al final de la visita médica.
-De acuerdo, es cierto... No todos reaccionamos de la misma forma con los alimentos, pero bueno, eso no lo explica todo... ¿Tomas bebidas gaseosas?
-Pues... ¡Sí! Coca-cola.
-¿Comes dulces?
-Algunas veces...
-¿Te gustan las comidas con salsa?
No le contesté porque me estaba empezando a poner nervioso con sus preguntas. Veía muy bien adónde quería llegar, como si yo no supiera ya desde hacía mucho tiempo que todo lo que estaba bueno era "malo" para mí. Nadie ha visto nunca a un médico prohibiendo, por ejemplo, las coles de Bruselas.
-¿Alguna vez repites plato?... ¿Comes entre horas?

Mikaël Olliver: Amor, dieta y tarta de chocolate. Editorial Pearson, Alhambra joven. Páginas 53-54.
Guía de lectura: CLICA AQUÍ.

miércoles, 26 de junio de 2013

Ahora era el padre el que guisaba



A partir de aquel día , en casa todo fue distinto. Jamás se volvieron a comer los sabrosos platos que preparaba la madre, pues ahora era el padre quien guisaba.
Dos veces a la semana había espaguetis con salta de tomate, que en realidad era el plato preferido de Ula. Pero al cabo de algunas semanas no podía ni olerlos, y mucho menos comerlos.
Los demás días el padre hacía verduras para todos, o freía un filete, que completaba con una rebanada de pan. A eso le llamaba “comida francesa”, pero Paul comentó un día que él no creía que en Francia comieran de manera tan penosa.
Además, al padre siempre se le olvidaba algo cuando guisaba. Unas veces no echaba sal o alguna especia. Otras ponía patatas, pero no caía en la cuenta de poner agua en la olla.
Un día estaban los cuatro en el salón jugando a las cartas mientras esperaban a que terminara de hacerse la comida. De repente, Paul dijo:
-Huele un poco raro.
Su hermano Karel levantó la cabeza y afirmó:
-La frase no es correcta ni suficientemente precisa. No huele, apesta.
-¡La coliflor! –exclamó el padre, y todos corrieron a la cocina.
Fue a levantar la tapadera de la olla, pero se quemó los dedos. Karel cogió un trapo de cocina y levantó la tapadera. Cuando la apartó, se abrieron durante dos segundos los pequeños capullos de la coliflor. Emitieron un resplandor rojo y brillaron más hermosos que la más hermosa de las flores. Y con la misma rapidez se tornaron grises e insignificantes y quedaron reducidos a ceniza.
_¡Maravilloso! –exclamó Ula_. ¡Qué flores más bonitas! Como las de la sepultura de mamá.
-Si –dijo papá, y clavó los ojos en la ceniza-, como pintadas y luego añadió-: Mamá era muy guapa, ¿no es cierto?
Paul dijo únicamente:
-Por eso se llama coliflor: porque le salen esos brotes tan hermosos…
-Tonterías –dijo Karel-. Con la ola tapada se ha producido un vacío y la col no ha recibido nada de oxígeno. Cuando he apartado la tapadera ha habido una fuerte y rápida oxidación. Eso ha sido todo.
-No obstante, ha sido bonito –replicó Ula-. Solo que ahora nos hemos quedado sin comida.

HEIN, Christoph (2005): Mamá se ha marchado, Madrid: SM, p. 34-36. (El Barco de Vapor, 177)

viernes, 19 de abril de 2013

Desayuno con mermelada de frambuesa

Mi padre había salido a las seis y media de la mañana a comprar el periódico y se encontró con la pintada debajo de la ventana de la cocina. En el desayuno, mientras untaba mermelada de frambuesa en una rebanada de pan integral, hundió de repente el cuchillo casi hasta el mango en el fondo del boto, y con su voz pausada dijo:
-¡Muy bonito. Vaya sorpresa. ¿Qué se ha tramado Su Excelencia para que nos honren con esta distinción?
Mi madre dijo:
-No la tomes con él desde por la mañana. Ya tiene bastante con que los niños le incordien.
Mi padre iba vestido de color caqui, como casi todos los hombres del barrio en esa época. Tenía los ademanes y la voz de una persona que siempre tiene la razón. Sacó con el cuchillo una compacta masa de frambuesa del fondo del bote, cubrió uniformemente las dos mitades de la rebanada, y dijo:
-La verdad es que en nuestros días, casi todos usan el apelativo traidor con demasiada facilidad, pero ¿quién es traidor? Ciertamente, alguien sin honor. Uno que a escondidas, por la espalda, a cambio de algún dudoso beneficio, ayuda al enemigo en contra de su pueblo. O para perjudicar a su familia y a sus amigos. Es más despreciable que un asesino. Y por favor termínate el huevo. El periódico dice que en Asia la gente se muere de hambre.
Mi madre arrastró el plato hacia ella y se comió el huevo y el resto del pan con mermelada, no por hambre sino por amor a la paz. Dijo:
-El que ama no traiciona.
Esas palabras de mi madre no iban dirigidas ni a mí ni a mi padre; a juzgar por su mirada, parecía estar refiriéndose al clavo que había encima del frigorífico de la cocina, que no cumplía ninguna función.

Amos Oz (2010): Una pantera en el sótano. Siruela / Colección escolar de literatura; 30. Madrid. Páginas 29-30.

jueves, 11 de abril de 2013

L'hora de dinar

La Via ja m'havia avisat que l'hora de dinar era dura, a l'escola, així que no m'hauria hagut de venir de nou. Però no m'esperava que fos tan dura. Tots els nens de cinquè van entrar en tromba al menjador parlant a crits i empenyen-se els uns als altres mentre corrien cap a les taules. Una de les mestres de menjador va dir que no es podia reservar lloc o alguna cosa semblant, però jo no vaig entendre què deia, i segurament els altres tampoc, perquè gairebé tothom reservava el lloc pels seus amics. Vaig intentar seure en una taula, però el nen de la cadira del costat em va dir:
-Ho sento, està ocupada.
Així que me'n vaig anar a una taula buida i vaig esperar que s'acabés l'estampida i la mestra del menjador ens digués què havíem de fer. Quan va començar a explicar-nos les normes del menjador vaig mirar al meu voltant a veure si veia on seia el Jack Will, però a la banda on jo seia no el vaig veure enlloc. Abans que haguessin acabat d'entrar tots els nens, els mestres ja van començar a cridar el primer grupet de taules perquè agafessin les safates i anessin a fer cua davant del taulell. El Julian, el Henry i el Miles seien en una taula que havia cap al fons de la sala.
La mare m'havia posat un entrepà de formatge, unes galetes i un suc, així que quan van cridar la meva taula no em va caldre anar a fer cua. En lloc d'això em vaig dedicar a obrir la motxilla, treure la carmanyola i desembolicar tranquil·lament l paper de plata de l'entrepà.
No em calia aixecar la vista per saber que em miraven. Sabia que la gent es donava cops de colze mentre em mirava de cua d'ull. Em pensava que ja estava acostumat a aquesta mena de mirades, però es veu que no.
Hi havia una taula de nenes que sabia que estaven parlant fluixet sobre mi perquè es tapaven la boca amb la mà. Notava les seves mirades i el seu xiuxiueig.
No suporto la manera que tinc de menjar. Sóc conscient que fa molt mal efecte. Em van operar per arreglar-me el paladar fes quan era un bebè, i després un altre cop quan tenia quatre anys, però hi continuo tenint un forat. I, tot i que em van operar fa pocs anys per posar-me bé les mandíbules, haig de mastegar amb les dents del davant. No vaig ser conscient de l'efecte que feia fins que vaig anar a un aniversari i un dels nens li va dir a la mare del nen que feia anys que no es volia asseure al meu costat perquè menjava molt malament i no paraven de sortir-me engrunes disparades de la boca. Jo sé que aquell nen no ho deia amb mala intenció, però igualment després se les va carregar, i a la nit la seva mare va trucar a la meva per disculpar-se. Quan vaig tornar de la festa em vaig posar davant del mirall del lavabo i vaig començar a menjar-me una galeta salada per veure quin efecte feia quan mastegava. Aquell nen tenia raó. Menjo com una tortuga. No sé si heu vist mai una tortuga menjant. O com una mena de bèstia prehistòrica dels aiguamolls.

R.J. Wonder (2012): Wonder. La campana. Tocs; 85. Barcelona. Pàgines71-72.

Pàgina de l'autor: R.J.Palacio: CLICA AQUÍ.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Coques i més coques


Cada dissabte vaig amb bicicleta a buscar el pa al forn dels pares de la Simoneta. Cal Simó és el forn més antic del barri i s`han guanyat a pols del fama de fer les millors coques de la ciutat. En tenen de sucre, d`oli, de pinyons, de nous, d`avellanes, de llardons i també en fan de vidre, que són tan primes que es trenquen de seguida, i els caps de setmana tenen coca farcida de crema, de nata, de trufa, de cabell d`àngel i no sé de quantes menes més.
La mare de la Simoneta és una dona alegre, que somriu eternament. Cada dissabte, així que em veu, la senyora Simó em regala un croissant de xocolata, perquè sap que a casa està prohibit menjar coses amb excés de sucre i de greix. La mama diu que menjar-se un croissant és un pecat i, si és de xocolata, un pecat moral; quan en veu un, tanca els ulls perquè està segura que només de mirar-lo li creix la panxa.

POU, Gisela (2013): L`edat del lloro. Barcelona: Edebé, pàg. 18-19.

lunes, 28 de enero de 2013

Frío

Me dirijo directamente hacia el congelador y saco el resto del relleno que se utilizó para la cena de Acción de Gracias.

... Cuando era una chica de verdad, Acción de Gracias se celebraba en casa de la Yaya  Marrigan, en Maine, o en casa de la abuela Overbrook en Boston. En casa de la Yaya cenábamos relleno de ostra. En la de la abuela Overbrook, el relleno se cocinaba a base de castañas y salchichas. A la Yaya le encantaba el pastel de calabaza sobre una corteza de nueces, pasas y canela. Los pasteles de la abuela tenían que ser de picadillo de frutos secos, grasa y especias porque así era como lo hacía su abuela. Las mesas estaban abarrotadas de personas altas que alargaban los brazos para alcanzar platos llenos de comida y hablaban demasiado alto; también asistían los primos, los tíos abuelos y amigos muy lejanos. El aroma a salsa de carne y cebollas hacía que mis padres se olvidaran de discutir y el amargo sabor a arándanos les hacía recordar cómo reírse. Mis abuelas vivirían para siempre y Acción de Gracias siempre se celebraría sobre manteles decorados con lazos, con vajilla de porcelana y pesados cubiertos de plata que yo misma abrillantaría desde mi taburete.
Murieron.
La última vez que celebramos Acción de Gracias, la semana pasada, todo se endulzó de forma artificial, se enriqueció con conservantes muy fuertes y se envolvió en plástico. Las hermanas de papá ya no vienen porque dicen que vivimos muy lejos. La familia de Jennifer prefiere ir a casa de su hermano porque tiene más habitaciones. (Mamá La doctora Marrigan probablemente cenó sobre su escritorio, o quizá comió unas simbólicas bolas de puré de patata con salsa de carne en la cafetería del hospital.)
Estábamos nosotros cuatro, además de dos estudiantes de posgrado de mi padre. Una era vegetariana; comió tres raciones de boniato y la mayor parte del pan de calabaza que ella misma había traído. El chico era de Los Ángeles. Dijo que no comería absolutamente nada porque Acción de Gracias celebra el genocidio de los nativos de América. Cuando se marcharon, Emma le preguntó a papá por qué había venido el chico. Papá le respondió que el joven le estaba haciendo la pelota para conseguir una carta de recomendación. Jennifer dijo que esperaba que se le atragantara.

Sirvo un poco del relleno de Jennifer en un plato, tiro un par de cucharadas en el suelo para los gatos y después añado ketchup y lo caliento en el microondas el tiempo suficiente para que la salsa de tomate salpique todas las paredes. Dejo la puerta del microondas abierta para que el olor contamine toda la cocina.
Compruebo la hora. Diez minutos. 
Me aplico unas gotas de ketchup en las comisuras de los labios, lanzo todo ese desastre a la trituradora, abro el grifo de agua caliente y enciendo el interruptor. Mientras la trituradora hace su función, intento desviar mi mente, recitar la Constitución, hacer una lista de los presidentes por orden cronológico, recordar los nombres de los siete enanitos. No puedo dejar de pensar que
 me llamó.
Laurie Halse Anderson (2009): Frío. Rocaeditorial: Barcelona. Páginas34-36. 

lunes, 17 de diciembre de 2012

La lluvia de París

Lo que teníamos, sobre todo yo, que tardaba el triple, era una evaluación de Historia y una montaña de problemas de funciones y derivadas. Pero las dos aceptamos postergar aquel inconveniente. Yo asentí con la cabeza e Irene, que nunca se resigna a quedarse callada, observó:
-Después de un mes, claro que podemos sacar dos horas.
En ese instante apareció la camarera con mi té y el chocolate de Irene. Dirigiéndose a ella, dijo:
-Te he puesto unas pastas. Para que las mojes en el chocolate, si quieres.
La amabilidad de aquella mujer descolocó a Irene. Siempre he creído que toda su fiereza se puede venir abajo con una simple caricia. Silvia también pareció reparar en el detalle, y las dos cruzamos una mirada cargada de intención. Pese a todo lo que había cambiado en su aspecto, seguía siendo en el fondo ella: Silvia, la amiga con la que había pasado horas y horas y con la que había aprendido a conocer a Irene y todo lo demás.
La camarera terminó de servir y, sin apartar la vista de Irene, nos deseó.
-Que os aproveche.
Silvia siguió quieta y nos abrió la boca mientras yo echaba el azúcar en mi taza e Irene consideraba, con ciertas reservas, la posibilidad de tomar aquellas pastas. Mosdisqueó una, solo la punta, y decidió mojarla en el chocolate. Después de que se la llevara a la boca, Silvia anunció:
-Muy bien. Os lo contaré todo desde el principio. O mejor, desde donde lo dejé en mis cartas. Si consigo acordarme.

SILVA, Lorenzo (2011): La lluvia de París. Editorial Anaya, Espacio abieto; 85: Madrid. Páginas104-105.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Palabras envenenadas


Estoy tan nerviosa que no he visto Friends, una cita a la que no fallo nunca. En lugar de poner en marcha el DVD me he puesto a caminar en círculos como un león enjaulado. Es lo que soy. Un animal dentro de una jaula, encerrado, prisionero, en manos de un loco que me obliga a hacer cosas que no quiero, que luego, como premio, me da de comer de su mano, pero que cuando menos me lo espero saca el látigo y me azota sin mover una ceja, sin un ápice de compasión. Si me escapara, me dispararía con el placer de los sádicos. Como a una rata.
Abro la nevera y curiseo los tupperwares donde guardo la comida de días anteriores hasta que se pudre. Tengo prohibido tocarlos. Es una costumbre que me impuse hace años, después de vivir hambrienta. No sirve de mucho pero me da tranquilidad. Me dije que nunca más volveré a pasar hambre, como Escarlata O'Hara en aquella escena en la que levanta la cabeza y toma un puñado de tierra roja de Tara. Pero yo no fui tan fotogénica ni tan heroica, simplemente me privaba de los restos de comida, la clasificaba en pequeñas raciones y las guardaba como un tesoro. Abro un tupperware con hojas de ensalada y tomate y me los meto en la boca a puñados, a continuación abro otro con un trozo de pollo frío y me lo trago sin masticar. Quiero aplacar la desazón, borrar la angustia, pero en vez de saciarme cada vez tengo más hambre.
Durante estos tres años me había conseguido adiestrar, como a los leones, a fuerza de escamotearme el alimento. Descrubrió que era un arma poderosa y jugó con ella. Y lo que no habían podido los golpes lo pudo el hambre. Me tenía en ayunas, sufriendo, hasta que de pronto venía y me dejaba oler una comida apetitosa. Abría la puerta unos instantes y un aroma de pollo asado, insultante de tan delicioso, se colaba en el sótano y me daba en la nariz. Tener hambre y no poder comer es morir un poco cada minuto, cada segundo. El cuerpo me avisaba de que tenía que luchar para no desfallecer. Me miraba los brazos, cada vez más delgados, las piernas escuálidas, las costillas que se podían contar una a una y el vientre hundido entre los huesos de la pelvis. Me estaba convirtiendo en un esqueleto. Recordaba historias de náufragos que bebian sangre de sus compañeros, de soldados que comían vísceras de los muertos, de supervivientes en la nieve que se habían alimentado de cadáveres. Y no me extrañaba nada, porque el hambre era tan acuciante que cualquier cosa que la aplacase estaba permitida. Habría asesinado por un plato de macarrones.

CARRANZA, Maite (2010): Palabras envenenadas. Edebé, Premio Edebé de literatura juvenil: Barcelona. Páginas 152-153.

Para leer los dos primeros capítulos de la novela: CLICA AQUÍ.
Guía de la editorial EDEBÉ: PLAN LECTOR.
Guía realizada por Ascensión García Pallarés: CLICA AQUÍ.

lunes, 22 de octubre de 2012

¡Un crumble de ciruelas!


Fuera la nieve crujió…
Mamá salió corriendo. El frío entró de golpe, al mismo tiempo que una ráfaga de nieve. Jeremy dejó caer su gran bolsa en el suelo para estrechar a mamá contra él, luego a papá y por último a la abuela, que casi se ahoga de risa cuando la levantó como si fuera una brizna de paja.
-Te has convertido en un muchacho muy guapo –dijo ella mirándolo de la cabeza a los pies-. Y el uniforme te sienta bien. ¡Me gustas más así que con esos pelos largos que te colgaban por todas partes! Antes no tenías estilo. Pero ahora…
¡Trece semanas esperando este momento!
-¿Qué tal, hermanito?
Me estrujó entre sus brazos a lo King Kong. Sin duda, había cambiado. Este Jeremy estaba duro y musculoso, tenía una constitución como nunca. Quizás hasta fuera capaz de vencer a un oso con las manos desnudas. Además, sus manos habían triplicado su volumen y casi parecían las de papá. Miró alrededor como para comprobar que nada había cambiado.
-¡Huele de miedo!
Dio una vuelta a la habitación y tocó su foto en el mueble antes de correr a abrir el horno.
-¡Un crumble de ciruelas! Mamá, eres genial.

PETIT, Xavier-Laurent (2011): Be safe. Editorial Oxford, El árbol de la lectura; 37: Madrid. Páginas 100-101.

martes, 16 de octubre de 2012

Era esgarrifós

El restaurant era tranquil, de música de fons hi havia un disc de Natacha Atlas a un volum molt baix, feia la impressió que ens murmurava a cau d`orella. Els cambrers anaven ben vestits i parlaven fluix. M`ha semblat que m`havien fet entrar al paradís per una porta secreta. Però quan he vist la carta he pensat que si al paradís tenen els mateixos preus, no hi deu haver gaire gent de casa nostra. Era esgarrifós. Hi havia plats de deu, quinze o fins i tot vint dòlars. I no eren tan sols plats sofisticats, sinó coses que la meva mare fa els dies normals. Xai rostit, albergínies amb carn, hummus. En fi, crec que en aquell restaurant, el que pagues és una cosa que no és a la carta, però que surt molt cara: la Sensació de Ser en Un Altre Lloc, acompanyada de verduretes tranquil·les i salsa serena.

ZENATTI, Valérie (2011): Una ampolla al mar de Gaza, Barcelona, Cruïlla, pàg. 133.

jueves, 25 de agosto de 2011

Estoy mejor...

-Estoy mejor, de verdad. Estoy probando un nuevo medicamento-. Fue a la cocina y señaló una olla-. Hasta hice sopa ayer. Y tengo una barra de pan muy bueno, por si tienes hambre después del paseo. Debería haberte preguntado antes… Hay un buen panadero y cocinero en Springton. Allí es donde he encargado la cena. Y hay un lugar cerca de aquí que quiero que veas. Lo descubrí un día paseando. Dios mío, mañana es e Día de Acción de Gracias, ¿verdad? Sigo perdiendo el hilo.

FOX, Paula (1999): La cometa rota, Barcelona. Noguer, p. 38.

Nunca habíamos tomado café

Mi abuela de despertó a las seis, con hambre y quisquillosa. Nadie se había acordado de la comida. ¿Cómo pensar en comer cuando el mundo acababa de estallar en llamas? Por fin, mi madre fue a la cocina y preparó unos platos de carne fría y sobras de ensalada de patata, que nos sirvió a los tres agrupados delante de la radio. Hasta nos trajo café. La abuela insistió en comer con la misma formalidad de siempre. Caroline y yo nunca habíamos tomado café y el hecho de que nuestra madre nos lo hubiera servido aquella noche fue para nosotras una señal de que nuestro mundo seguro de siempre ya era cosa del pasado.

PATERSON, Katherine (1999): Amé a Jacob, Barcelona, Noguer, p. 35.

domingo, 21 de agosto de 2011

Pasión por la gelatina

Aimee mira más allá de su madre, a través de la ventaba de la mesa de desayunar, por encima del jardín en cuesta, hacia el final de la calle y las cuatro casitas exactamente iguales que se miran entre sí alrededor de la calle cerrada. En el césped, el aspersor saca su pequeña cabeza de reptil, levantándola desde algún lugar oculto y empieza a lanzar latigazos de agua al aire. Magia de barrio residencial.
-Quedan los palitos de queso. Y las zanahorias, y el yogur. Y también los pimientos, el brécol y la berza. Y la gelatina. ¿Queda gelatina, por cierto?
-¿Gelatina? –Aimee asiente-. Quedan tres en el Frigo –concluye su madre.
-¿Sin azúcar?
-Sí, pero cariño…
Aimee salta de la silla, cruza a zancadas la habitación y tironea de la puerta del Frigo, cerrada casi al vacío, hasta abrirla. Ahí están: lima, limón y cereza, brillando como semáforos en el estante del medio. Sus superficies resplandecientes se mecen, ácidas.
-Las acabo de hacer –explica su madre-. Hay que dejarlas unas horas. (pág. 28).


Meghan no deja de observar cómo Aimee Zorn retira la tapa de papel de aluminio del tarrito de gelatina y la coloca boca arriba en el suelo, junto a ella. Aimee contempla el tarrito, alza la diminuta cucharilla y, con precisión de cirujano, la introduce en la sustancia verdosa. Cuando el extremo de la cucharilla atraviesa la tensa superficie de la gelatina, el cuerpo de Aimee Zorn parece atravesado por un leve aguijonazo. Ahora, hace girar la cuchara una vez en el mismo centro de tarro y extrae una perfecta cucharadita de lima, cuyo contenido, diminuto y perfectamente tallado, ni siquiera tiembla cuando se lo acerca con todo cuidado a la boca. Aimee Zorn separa sus labios oscuros y estrechos e introduce la cuchara plateada para después sacarla lentamente. Los labios no tocan en ningún momento el metal, con los dientes arrastra el pedacito de gelatina verde. (p. 48).


GEORGE, Madeleine (2011): Apariencias, Madrid, Editex, Libros de Mochila.

jueves, 18 de agosto de 2011

Bocadillos de tortilla con Camembert

El viernes era festivo en Bellemer. Amaneció soleado y decidimos acercarnos a la playa. Buscamos una calita escondida en los acantilados para no encontrarnos con nadie. Llevábamos bocadillos de tortilla con unas láminas de queso Camembert que se habían derretido nada más entrar en contacto con el huevo caliente y que daban al resultado una textura cremosa difícil de igualar.

FERNÁNDEZ SIFRES, David (2011): El faro de la mujer ausente, Zaragoza, Edelvives, Alandar, 127, pág. 125.

sábado, 28 de mayo de 2011

Cuídate para no caer enferma

“Después de la breve visita a la UCI, se dirigieron a la cafetería del hospital, sobre todo porque Adrián se enteró de que aquel día ella no había probado bocado desde el desayuno. Aunque Nuria aseguraba una y otra vez que no tenía hambre, no podía consentir que su novia se descuidase de aquella manera, arriesgando su salud. Tuvo que insistir con firmeza y, aunque ella rechazaba todas sus propuestas alimenticias, terminó pidiendo un sándwich vegetal.
Mientras la observaba comérselo, estuvo tentado de soltarle todos esos consejos que con tanta frecuencia se repiten: come bien y de manera regular, piensa en ti misma y cuídate para no caer enferma, tu cuerpo debe estar fuerte para que también lo esté tu mente… Pero no lo hizo y permaneció en silencio, mirándola. Y se alegró de no haberlo hecho. Era mejor casi haberla obligado a comer algo que soltarle monsergas que ni siquiera iba a escuchar”.

GÓMEZ CERDÁ, Alfredo (2011): El rostro de la sombra, Madrid, SM, p. 99.

Ressenya del llibre

Sopas mallorquinas


“Sólo sabía que el plato colocado ante mí contenía la misma enorme cantidad de comida que al principio; eran sopas mallorquinas, una especialidad de Miguel y un plato que, a pesar de su nombre, resulta bastante seco y un poco excesivo para quien no está acostumbrado a tomarlo”.

ALONSO, Manuel L. (1991): El impostor, Madrid, Anaya, (Espacio Abierto, 3), p. 79.

Recepta sopes mallorquines

Pidió otro martini

“Pidió otro martini y también uno para mí. Yo aparentaba más de dieciocho años y hacía tiempo que ningún camarero ponía objeciones a servirme alcohol. Por otra parte, los martinis eran endiabladamente fuertes; el camarero, que también le conocía, los había preparado a gusto de mi tío: una gota de vermouth y el resto de ginebra pura” .



ALONSO, Manuel L. (1991): El impostor, Madrid, Anaya, (Espacio Abierto, 3), p. 26.

Pizza y embutidos


“Supuse que después de aquello me había ganado el derecho a una buena cena, y tuve buen cuidado de no hacer ningún otro comentario sobre los libros, aunque había algunos que me intrigaban. Trataban de prestidigitación y juegos de manos, y recuerdo que tuve por un momento la idea de que acaso mi tío era una especie de mago. Nos sentamos a la mesa, Miguel sirvió pizza y embutidos, y luego lavamos los platos a medias. Era obvio que ni siquiera tenía una asistenta”.

ALONSO, Manuel L. (1991): El impostor, Madrid, Anaya, (Espacio Abierto, 3), p. 17.

jueves, 19 de mayo de 2011

Una dulce amargura

chocolateamargo
“Abrió el cajón de la mesilla de noche. Efectivamente, todavía le quedaba una tableta de chocolate. Se volvió a dejar caer en la cama y empezó a desenvolver el papel de plata con mucho cuidado. Era una suerte que su habitación diera al este porque, aunque el chocolate estaba blando, todavía no se había derretido. Partió una onza, la volvió a partir por la mitad y se metió los dos trozos en la boca: ¡la dulzura de una caricia amarga! Una dulce amargura que acaricia, una caricia dulce que amarga. Acariciar con dulzura, llorar amargamente. Eva se metió rápidamente otro trozo de chocolate en la boca y se estiró. Se quedó tumbada con los brazos cruzados debajo de la nuca, la rodilla derecha flexionada y el muslo izquierda apoyado sobre ella, y se miró fijamente el pie izquierdo, descalzo. Qué delicado parecía en comparación con sus pantorrillas y sus muslos gordos y amorfos. Balanceó el pie muy levemente hacia arriba y hacia abajo y se dio cuenta de lo bonitas que eran las uñas de sus dedos. “Tienen forma de media luna”, pensó” .
PRESSLER, Mirjam (2009): Chocolate amargo, Madrid, Anaya, (Espacio Abierto, 140), p. 19.
cats
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

ENGRANDEIX EL TEXT