-¿Sabes, Frits? A veces preferiría ser un pato. O una cigüeña. O un pájaron cualquiera.
El niño frunció el ceño, sin entender. El señor Dussel continuó hablando.
-Cada día que amanece salen a buscar comida. Y la encuentran. Así, día a día. O aparece un trozo de pan duro en algún rincón, o algún gusano, o alguien les tira unas migajas, como nosotros. Aunque no sepamos si tienen hambre.
Les lanzó más comida, para acompañar sus palabras, y los patos dieron buena cuenta de ella rápidamente:
-Estoy contento con mi vida, Frits, pero no te voy a engañar: es cierto que en ocasiones paso hambre. Paso más hambre que cualquiera de esos patos –alzó a vista-. Más que aquellas cigüeñas. Más que cualquiera de esos gorriones. ¿Puedes entenderlo? Tengo hambre, pero también tengo rabia.
FERNÁNDEZ SIFRES, David (2013): Luces en el canal, Madrid: SM, p. 36-37. Premio Barco de Vapor.
-Últimamente,
mucha gente tiene problemas en Francia-musitó.
-Cuando veníamos
hacia París vimos cómo el ejército aplastaba una revuelta campesina –dijo Mariana-.
Y esta mañana hemos estado en el barrio antiguo y le juro, padre, que nunca
antes había contemplado tanta miseria.
El sacerdote
cogió un trozo de pan y lo sostuvo entre los dedos.
-¿Sabes cuánto
vale una libra de pan? –preguntó-: quince
sueldos. Un obrero gana treinta sueldos diarios, de modo que no puedo
comprar pan, al menos todos los días. Y eso en cuanto a los que tienen trabajo,
porque la mayor parte de la gente está desempleada. El pueblo pasa hambre,
Mariana; los campesinos abandonan sus pueblos y llegan en riadas a París en
busca de sustento, pero todo lo que encuentran es miseria y enfermedad. En el
barrio de Saint-Antoine, sin ir más lejos, hay decenas de miles de
menesterosos, y créeme, hija, por desgracia no exagero.
-¿Pero los Estados
Generales no se habían convocado para solucionar eso? –preguntó Mariana.
El sacerdote
sonrió con amargura.
-Los Estados se
clausuraron hace casi una semana y nada se ha solucionado.
Estoy tan nerviosa que no he visto Friends, una cita a la que no fallo nunca. En lugar de poner en marcha el DVD me he puesto a caminar en círculos como un león enjaulado. Es lo que soy. Un animal dentro de una jaula, encerrado, prisionero, en manos de un loco que me obliga a hacer cosas que no quiero, que luego, como premio, me da de comer de su mano, pero que cuando menos me lo espero saca el látigo y me azota sin mover una ceja, sin un ápice de compasión. Si me escapara, me dispararía con el placer de los sádicos. Como a una rata.
Abro la nevera y curiseo los tupperwares donde guardo la comida de días anteriores hasta que se pudre. Tengo prohibido tocarlos. Es una costumbre que me impuse hace años, después de vivir hambrienta. No sirve de mucho pero me da tranquilidad. Me dije que nunca más volveré a pasar hambre, como Escarlata O'Hara en aquella escena en la que levanta la cabeza y toma un puñado de tierra roja de Tara. Pero yo no fui tan fotogénica ni tan heroica, simplemente me privaba de los restos de comida, la clasificaba en pequeñas raciones y las guardaba como un tesoro. Abro un tupperware con hojas de ensalada y tomate y me los meto en la boca a puñados, a continuación abro otro con un trozo de pollo frío y me lo trago sin masticar. Quiero aplacar la desazón, borrar la angustia, pero en vez de saciarme cada vez tengo más hambre.
Durante estos tres años me había conseguido adiestrar, como a los leones, a fuerza de escamotearme el alimento. Descrubrió que era un arma poderosa y jugó con ella. Y lo que no habían podido los golpes lo pudo el hambre. Me tenía en ayunas, sufriendo, hasta que de pronto venía y me dejaba oler una comida apetitosa. Abría la puerta unos instantes y un aroma de pollo asado, insultante de tan delicioso, se colaba en el sótano y me daba en la nariz. Tener hambre y no poder comer es morir un poco cada minuto, cada segundo. El cuerpo me avisaba de que tenía que luchar para no desfallecer. Me miraba los brazos, cada vez más delgados, las piernas escuálidas, las costillas que se podían contar una a una y el vientre hundido entre los huesos de la pelvis. Me estaba convirtiendo en un esqueleto. Recordaba historias de náufragos que bebian sangre de sus compañeros, de soldados que comían vísceras de los muertos, de supervivientes en la nieve que se habían alimentado de cadáveres. Y no me extrañaba nada, porque el hambre era tan acuciante que cualquier cosa que la aplacase estaba permitida. Habría asesinado por un plato de macarrones.
CARRANZA, Maite (2010): Palabras envenenadas. Edebé, Premio Edebé de literatura juvenil: Barcelona. Páginas 152-153.
Para leer los dos primeros capítulos de la novela: CLICA AQUÍ.
Très riches heures, del duc de Berry (1410-1489), dels germans Limbourg
Aquella nit havien preparat un enorme porc rostit que tenia gairebé la grandària d'un senglar. L'havien farcit i decorat amb una guarnició de pomes, que desprenia una olor dolçastra deliciosa. Era el plat favorit d'en Holdar.
Estava acabant de daurar-se al forn quan un dels guàrdies va entrar per la porta que donava al pati. Al seu darrere hi havia una dona vestida amb parracs, envoltada de criatures. La Viana els va comptar: eren sis, el més petit de tots era un nadó. Estaven ben xops i tremolaven de fred.
- Han vingut a demanar les sobralles -va dir el guàrdia amb brusquedat-. Doneu-los una mica de sopa i que fumin el camp.
Un dels costums dels nobles de Nòrtia consistia a compartir una mica del seu menjar amb els pagesos més pobres del domini. Solia fer-se sobretot en les gran celebracionsn perquè sempre sobrava menjar per repartir, i normalment era la dama del castell qui se n'encarregava. La Viana ho havia fet quan vivia amb el seu pare, però en Holdar no veia amb bons ulls aquella pràctica. No era cap secret que els bàrbars menyspreaven els medicaments i tot aquell qui no podia guanar-se el pa per si mateix.
Amb el temps, en Holdar havia permès que la Viana obrís les portes de Torrespina als necessitats, amb la condició que només se'ls donés aliments bàsics: alguns crostons de pa, un tros de formatge, potser un plat de sopa clara. Però res de carn, que estava reservada als homes de veritat, als guerrers. La carn alimentava no només els seus cossos poderosos, sinó també la seva ferotgia en la batalla. No valia la pena malbaratar-la en éssers febles que no lluitarien.
La Viana va sospirar; va manar que els fessin lloc a la vora del foc i que els servessin sopa a tots. Després es va asseure a taula amb ells, perquè l'aspecte desemparat de la dona l'havia commogut profundament.
GALLEGO, Laura (2011): Allà on els arbres canten. Editorial Cruïlla: Barcelona. Pàgines 105-106.
“Abrió el cajón de la mesilla de noche. Efectivamente, todavía le quedaba una tableta de chocolate. Se volvió a dejar caer en la cama y empezó a desenvolver el papel de plata con mucho cuidado. Era una suerte que su habitación diera al este porque, aunque el chocolate estaba blando, todavía no se había derretido. Partió una onza, la volvió a partir por la mitad y se metió los dos trozos en la boca: ¡la dulzura de una caricia amarga! Una dulce amargura que acaricia, una caricia dulce que amarga. Acariciar con dulzura, llorar amargamente. Eva se metió rápidamente otro trozo de chocolate en la boca y se estiró. Se quedó tumbada con los brazos cruzados debajo de la nuca, la rodilla derecha flexionada y el muslo izquierda apoyado sobre ella, y se miró fijamente el pie izquierdo, descalzo. Qué delicado parecía en comparación con sus pantorrillas y sus muslos gordos y amorfos. Balanceó el pie muy levemente hacia arriba y hacia abajo y se dio cuenta de lo bonitas que eran las uñas de sus dedos. “Tienen forma de media luna”, pensó” .