Mostrando entradas con la etiqueta CLAUDÍN Fernando. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CLAUDÍN Fernando. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de mayo de 2011

Le estoy hablando de bulimia...



“El doctor Peralta se arrellanó en el sillón giratorio de su despacho.
-Iré al grano. Lorena presenta numerosas lesiones dentales provocadas por el contacto repetido con ácido clorhídrico –declaró. Y tras sondear brevemente a su interlocutora, especificó-: Es ácido clorhídrico estomacal, expulsado por vómitos.
-¿Vómitos?
-Ya sé que puede parecerle sorprendente –el doctor carraspeó, incómodo-. También presenta una hipertrofia de las glándulas parotídeas, las productoras de saliva –añadió, consultando un informe-, y ocasionalmente he observado sangrado esofágico –lanzó una mirada conmiserativa a Virginia, que no acertaba a articular palabra-. La verdad es que en la última cita de su hija me pareció detectar un cuadro de intoxicación por el uso de vomitivos –se interrumpió, tanteando la reacción de su interlocutora, y añadió-: Creo que si se le hiciera un análisis de sangre encontraríamos restos de jarabe de ipecacuana. Es lo que sucede en estos casos.
[…]
-Le estoy hablando de bulimia, señora.
-¿Bulimia? ¿Pero qué está diciendo?” (p. 161-162)

“-Mi hija tomaba laxantes y diuréticos, ayunaba, hacía dientas y se machacaba con el deporte. Los episodios de voracidad y las prácticas para controlar el peso se sucedían: primero se daba la comilona y después se arrancaba los hipotéticos kilos de más. Estaba obsesionada con la silueta y el peso, la pobre” (p. 162).


CLAUDÍN, Fernando (2001): La serpiente de cristal, Madrid, Anaya, (Espacio Abierto, 92).

Nivel alto de ansiedad






“En un plato lánguido reposaban tres picatostes y dos tostadas. Sobre un estante descubrió dos lonchas de beicon revenidas, que no sabía cuándo habían sido fritas. Un bol contenía restos de una compota de fruta. Eso era obra de papá. Los olisqueó y los removió con el dedo. Habían formado una pasta similar al engrudo. Los arrancó del bol con una cuchara, haciendo palanca.
En la esquina de una fuente entrevió las ruinas de un costillar de cordero. Obra de papá, seguro. Los huesos de las costillas se erguían como las arcadas de un puente. Lorena las olió. Glaseadas de miel y sésamo, le informó su agudo olfato, pero no pudo determinar cuándo habían sido preparados. Los huesos de las costillas salieron despedidos de su boca y tintinearon en el suelo, sin que ella les prestara la menor atención.
Encontró un milhojas de crema de miel, chantillí y piñones que ella misma había guardado dos días atrás, olvidándolo.
Lorena comenzó a sentirse congelada: demasiado tiempo expuesta al frío de la nevera. Se puso el anorak y continuó la búsqueda, ayudándose de la banqueta para registrar los estantes superiores. ¿Qué era ese tono rojizo y sanguinolento? “¡Ah, ya me acuerdo! Antes de ayer le preparaste a papá un magret de pato según la receta de la abuela Silvia, ¿recuerdas? Hiciste la salsa de ciruelas y menta. A ti te pareció un plato divino, ¿a qué viene esa cara? ¡Se ha descompuesto! ¡Se ha echado a perder! ¡Huele fatal! ¡Tira eso, querida, o reventarás definitivamente!”.
Lorena arrojó el contenido del plato al fregadero y emprendió la retirada. En su estómago se había desatado una sinfonía de rebufos, gruñidos, chirridos, jadeos, chasquidos y rugidos, pero por lo menos la ansiedad había descendido a un nivel tolerable. A pesar del anorak estaba temblando.”

CLAUDÍN, Fernando (2001): La serpiente de cristal, Madrid, Anaya, (Espacio Abierto, 92), p. 114-115

Devorar, abrir la boca, masticar, tragar...






“Daba igual lo que fuera. No percibía los sabores. La cuestión era devorar, abrir la boca, masticar, tragar, y vuelta a empezar, una vez tras otra. Una miradita al espejo, me peso en la báscula, me mido la cintura, vomito, soy una experta, me basta abrir la boca y manipular la campanilla, ¡campanilla, la hora de comer, de devolver!, comer, devolver, espejo, báscula, metro que mide la cintura, centímetros, kilos, fea, ¡más que fea!, ¡horrible, estás espantosa!, hoy te veo un poco mejor, pero ayuna dieciocho horas para estar mejor todavía, siempre se puede mejorar, ¿no crees?, ¡desde luego!, pero nunca serás perfecta, ¿verdad?, verdad, pero lo puedo intentar, comer, vomitar.
Cuando empiezas eres incapaz de parar, ¿verdad? Te embalas, es como caer por una pendiente. Si te arrojas al vacío, la gravedad tira de tu cuerpo hacia abajo. Si comes, sigues comiendo, hasta reventar. Come, come, no puedo parar. ¿Qué pasaría si un día ni las náuseas ni los mareos bastaran para detenerme? ¿Explotaría?
Corre al espejo, querida. Comprueba la barriga y las pistoleras. ¿Te gustas? Estás hecha una foca, ¿verdad? Normal, con lo que acabas de meterte. ¡Ayuna, vomita! ¡Trata de arreglarlo! Imposible, has comido demasiado, te has deprimido y necesitas comer más para compensar tantas desgracias. La comida te consuela, ¿no? Se trata de eso, ¿verdad? Pero luego te odias…
Lorena se tendió en la cama, se cubrió la cara con la almohada y rompió a llorar”.


CLAUDÍN, Fernando (2001): La serpiente de cristal, Madrid, Anaya, (Espacio Abierto, 92, p. 72-73.

Una imagen que no se corresponde con la realidad





“Bajó a la cafetería de la clínica, donde había ensaimadas campando a sus anchas en el expositor de la barra. Una ensaimada, dos, tres, cuatro. Desaparecían en su boca como misivas introduciéndose en un buzón, en tanto el camarero la miraba pasmado. Ingirió la quinta. ¡Cinco! ¿Eran pocas? “Una más, la última, para redondear la media docena”, se dijo. Aún había un pequeño rincón en el estómago. Siempre había un hueco extra.
Lorena arrojó al mostrador un billete arrugado e hizo mutis, pues tenía tareas pendientes. Debía vaciarse, volver al punto de partida, recobrar la normalidad, aunque luego viniera la sensación de vacuidad, de sinsentido, el desánimo moroso y aletargante, después el temblor y el mareo y la náusea, y siendo testigo de todo ello es espejo, con su acusadora faz, el espejo resaltador de imperfecciones, evidenciador de grotescas caricaturas: ¿a cuento de qué ese afán por buscarse en el espejo, cuando la imagen que el espejo le ofrecía jamás se correspondía con la realidad?”.

CLAUDÍN, Fernando (2001): La serpiente de cristal, Madrid, Anaya, (Espacio Abierto, 92), p. 62-63


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

ENGRANDEIX EL TEXT