Ressenya del llibre
sábado, 28 de mayo de 2011
Cuídate para no caer enferma
Ressenya del llibre
Sopas mallorquinas
Recepta sopes mallorquines
Pidió otro martini
Pizza y embutidos
“Supuse que después de aquello me había ganado el derecho a una buena cena, y tuve buen cuidado de no hacer ningún otro comentario sobre los libros, aunque había algunos que me intrigaban. Trataban de prestidigitación y juegos de manos, y recuerdo que tuve por un momento la idea de que acaso mi tío era una especie de mago. Nos sentamos a la mesa, Miguel sirvió pizza y embutidos, y luego lavamos los platos a medias. Era obvio que ni siquiera tenía una asistenta”.
jueves, 19 de mayo de 2011
¡Estoy comiendo de verdad!
Una dulce amargura
Cuando esté delgada comeré lo que quiera
lunes, 9 de mayo de 2011
¿De verdad ella cree que me voy a comer esto?
Les trae sin cuidado mi estado de ánimo

El único regalo que yo quería...
La visita al endocrino

La existencia desdichada de los gordos

Las tres gracias. Rubens. Museo del Prado

GÓMEZ OJEA, Carmen (1998): El granate de Amarilis, Barcelona Edebé, (Nómadas, 2), p. 12.
Existe una conspiración contra los gordos

Tengo la personalidad de este tipo de chicas
“Le he pedido ayuda a mi madre para llevar a cabo la dieta. Ella me apoya en que pierda peso, porque en realidad ella misma siempre está a régimen, pero no puedo contarle lo de la manzana, porque no lo entendería. No tiene ni idea de lo que es estar en mi piel. Hasta que consiga meterme en una talla 38 tendré que seguir tapándome el culo con jerseys: como estamos en invierno no será difícil, y para cuando llegue el tiempo de las camisetas y las faldas cortas ya podré destaparme. ¡No dejo de imaginar la cara que pondrán los de mi clase cuando me vean! Esto me da fuerzas para seguir adelante
Al parecer, un psicólogo le dijo a mi madre que tengo la personalidad propia de este tipo de chicas: perfeccionista, estricta, responsable. Sin embargo, tal y como yo lo veo, eso no son más que tonterías especulativas. El otro día daban por televisión un reportaje sobre la anorexia, y volvían a mostrar fotos de verdaderos esqueletos. No sé cómo puede una persona llegar a eso y seguir viéndose gorda. No tiene sentido. Ni siquiera parecen humanas. A veces pienso que una parte de mí desea ser anoréxica, ser como una de esas chicas delicadas y frágiles, aunque evidentemente no un caso extremo de los que ocupan las noticias: sólo quisiera estar lo bastante delgada para ser bonita.”
TRILLA, Cristina (2007): ¡Hoy he decidido dejar de comer! Diario de una joven anoréxica, Barcelona, Styria, p. 13
Desearía que este año no hubiese Navidad
“Desearía que este año no hubiera Navidad. Son fechas que solía esperar con ilusión cuando era una niña, pero hace tiempo que ni son ni significan lo mismo. Ya no consigo sentir la esperanza que lo llenaba todo, aunque me esfuerce en ello, y además son la antítesis del portarse bien con la comida.
No sé cómo podré mantener mi peso con tantas comidas familiares cargadas de grasas y calorías. Sólo con pensarlo siento una creciente ansiedad en el pecho y me dan ganas de llorar. Tengo que hacer algo para controlar lo que pasará en las próximas fechas y evitar que se me escape de las manos.
- No comer turrón. Como máximo un trozo pequeño el día 25.
- Cenar sólo una manzana todos los días.
- .Incrementar los ejercicios de la mañana, dar muchos paseos, estar de pie siempre que sea posible.
- Tomar laxantes.
- Beber mucha más agua todos los días.
- Pesarme cada día y tomar medidas si subo de peso.
No sé si esto será suficiente. Ahora mismo estoy en 55.3 kg., no quiero estropearlo”, p. 28.
“En cambio, lo que sí me da mucha rabia es haber vuelto a picar a escondidas entre horas durante las Navidades: un trozo de turrón se convierte en media tableta, yogures o flanes que trato de comer despacio para que no se acaben tan deprisa, golosinas que compro sabiendo que no es lo que debo hacer. No quiero que este sea el motivo de volver a engordar ahora que estoy delgada y puedo meterme en mi tan ansiada talla 38. Dependo por completo de los laxantes para contrarrestar mis pequeñas travesuras, porque tampoco quiero volver a vomitar con tanta frecuencia como antes y que todo se me vuelva a ir de las manos. Me siento sucia. Estos son mis terribles secretos, lo que no quiero que nadie sepa jamás de mí” (p. 92).
TRILLA, Cristina (2007): ¡Hoy he decidido dejar de comer! Diario de una joven anoréxica, Barcelona, Styria.
Lo verdaderamente atroz
“Ayer en la universidad me encontré con un antiguo compañero del colegio. Es uno de esos chicos a los que siempre creía mejores que yo, superiores. Me preguntó por mí, por lo que estoy haciendo, y le dije la verdad. “Tengo bulimia, o anorexia, da igual, así que estoy yendo a un centro y me tomo la universidad con calma”. Me contestó que a las bulímicas y a las anoréxicas él las curaba con un par de tortas.
No sé cómo expresar cómo me sentí, lo que pienso de lo que dijo y de toda la gente que sólo ve en nosotras el resultado de una época caprichosa y superficial. Me gustaría decirle a todo el mundo que eso no es ninguna tontería; me gustaría decirles que se sufre mucho, muchísimo; me encantaría que la gente que se cree con derecho a emitir opiniones tan estúpidas como la que he tenido que oír se enterara de que no sabe nada de nada. Supongo que estoy enfadada, muy enfadada.
No lo sé… Simplemente desearía que la gente dejase sus estúpidos perjuicios de lado y fuese capaz de ver más allá, de percibir lo grave que es esto. No me refiero a que sea grave por el adelgazamiento o los vómitos. Lo peor no son las hipoglucemias, ni acabar escupiendo sangre de tanto vomitar, ni tener los dientes estropeados o las encías sangrantes, ni siquiera las hipopotasemias que pueden llevar al paro cardíaco. Todo esto es terrible, pero no es lo peor. Lo realmente atroz es perderse el respeto, creer que uno no merece nada, estar convencida de que nadie te querrá porque no eres una persona a la que se pueda creer y que no tienes lo necesario para hacerte feliz. Lo peor es desear estar muerta sabiendo que lo deseas porque eres débil y porque no tienes el valor de vivir” (p. 147-148).
TRILLA, Cristina (2007): ¡Hoy he decidido dejar de comer! Diario de una joven anoréxica, Barcelona, Styria, p. 147-148.
domingo, 8 de mayo de 2011
Le estoy hablando de bulimia...

“El doctor Peralta se arrellanó en el sillón giratorio de su despacho.
-Iré al grano. Lorena presenta numerosas lesiones dentales provocadas por el contacto repetido con ácido clorhídrico –declaró. Y tras sondear brevemente a su interlocutora, especificó-: Es ácido clorhídrico estomacal, expulsado por vómitos.
-¿Vómitos?
-Ya sé que puede parecerle sorprendente –el doctor carraspeó, incómodo-. También presenta una hipertrofia de las glándulas parotídeas, las productoras de saliva –añadió, consultando un informe-, y ocasionalmente he observado sangrado esofágico –lanzó una mirada conmiserativa a Virginia, que no acertaba a articular palabra-. La verdad es que en la última cita de su hija me pareció detectar un cuadro de intoxicación por el uso de vomitivos –se interrumpió, tanteando la reacción de su interlocutora, y añadió-: Creo que si se le hiciera un análisis de sangre encontraríamos restos de jarabe de ipecacuana. Es lo que sucede en estos casos.
[…]
-Le estoy hablando de bulimia, señora.
-¿Bulimia? ¿Pero qué está diciendo?” (p. 161-162)
“-Mi hija tomaba laxantes y diuréticos, ayunaba, hacía dientas y se machacaba con el deporte. Los episodios de voracidad y las prácticas para controlar el peso se sucedían: primero se daba la comilona y después se arrancaba los hipotéticos kilos de más. Estaba obsesionada con la silueta y el peso, la pobre” (p. 162).
CLAUDÍN, Fernando (2001): La serpiente de cristal, Madrid, Anaya, (Espacio Abierto, 92).

Nivel alto de ansiedad

“En un plato lánguido reposaban tres picatostes y dos tostadas. Sobre un estante descubrió dos lonchas de beicon revenidas, que no sabía cuándo habían sido fritas. Un bol contenía restos de una compota de fruta. Eso era obra de papá. Los olisqueó y los removió con el dedo. Habían formado una pasta similar al engrudo. Los arrancó del bol con una cuchara, haciendo palanca.
En la esquina de una fuente entrevió las ruinas de un costillar de cordero. Obra de papá, seguro. Los huesos de las costillas se erguían como las arcadas de un puente. Lorena las olió. Glaseadas de miel y sésamo, le informó su agudo olfato, pero no pudo determinar cuándo habían sido preparados. Los huesos de las costillas salieron despedidos de su boca y tintinearon en el suelo, sin que ella les prestara la menor atención.
Encontró un milhojas de crema de miel, chantillí y piñones que ella misma había guardado dos días atrás, olvidándolo.
Lorena comenzó a sentirse congelada: demasiado tiempo expuesta al frío de la nevera. Se puso el anorak y continuó la búsqueda, ayudándose de la banqueta para registrar los estantes superiores. ¿Qué era ese tono rojizo y sanguinolento? “¡Ah, ya me acuerdo! Antes de ayer le preparaste a papá un magret de pato según la receta de la abuela Silvia, ¿recuerdas? Hiciste la salsa de ciruelas y menta. A ti te pareció un plato divino, ¿a qué viene esa cara? ¡Se ha descompuesto! ¡Se ha echado a perder! ¡Huele fatal! ¡Tira eso, querida, o reventarás definitivamente!”.
Lorena arrojó el contenido del plato al fregadero y emprendió la retirada. En su estómago se había desatado una sinfonía de rebufos, gruñidos, chirridos, jadeos, chasquidos y rugidos, pero por lo menos la ansiedad había descendido a un nivel tolerable. A pesar del anorak estaba temblando.”
CLAUDÍN, Fernando (2001): La serpiente de cristal, Madrid, Anaya, (Espacio Abierto, 92), p. 114-115

Devorar, abrir la boca, masticar, tragar...

“Daba igual lo que fuera. No percibía los sabores. La cuestión era devorar, abrir la boca, masticar, tragar, y vuelta a empezar, una vez tras otra. Una miradita al espejo, me peso en la báscula, me mido la cintura, vomito, soy una experta, me basta abrir la boca y manipular la campanilla, ¡campanilla, la hora de comer, de devolver!, comer, devolver, espejo, báscula, metro que mide la cintura, centímetros, kilos, fea, ¡más que fea!, ¡horrible, estás espantosa!, hoy te veo un poco mejor, pero ayuna dieciocho horas para estar mejor todavía, siempre se puede mejorar, ¿no crees?, ¡desde luego!, pero nunca serás perfecta, ¿verdad?, verdad, pero lo puedo intentar, comer, vomitar.
Cuando empiezas eres incapaz de parar, ¿verdad? Te embalas, es como caer por una pendiente. Si te arrojas al vacío, la gravedad tira de tu cuerpo hacia abajo. Si comes, sigues comiendo, hasta reventar. Come, come, no puedo parar. ¿Qué pasaría si un día ni las náuseas ni los mareos bastaran para detenerme? ¿Explotaría?
Corre al espejo, querida. Comprueba la barriga y las pistoleras. ¿Te gustas? Estás hecha una foca, ¿verdad? Normal, con lo que acabas de meterte. ¡Ayuna, vomita! ¡Trata de arreglarlo! Imposible, has comido demasiado, te has deprimido y necesitas comer más para compensar tantas desgracias. La comida te consuela, ¿no? Se trata de eso, ¿verdad? Pero luego te odias…
Lorena se tendió en la cama, se cubrió la cara con la almohada y rompió a llorar”.
CLAUDÍN, Fernando (2001): La serpiente de cristal, Madrid, Anaya, (Espacio Abierto, 92, p. 72-73.

Una imagen que no se corresponde con la realidad

“Bajó a la cafetería de la clínica, donde había ensaimadas campando a sus anchas en el expositor de la barra. Una ensaimada, dos, tres, cuatro. Desaparecían en su boca como misivas introduciéndose en un buzón, en tanto el camarero la miraba pasmado. Ingirió la quinta. ¡Cinco! ¿Eran pocas? “Una más, la última, para redondear la media docena”, se dijo. Aún había un pequeño rincón en el estómago. Siempre había un hueco extra.
Lorena arrojó al mostrador un billete arrugado e hizo mutis, pues tenía tareas pendientes. Debía vaciarse, volver al punto de partida, recobrar la normalidad, aunque luego viniera la sensación de vacuidad, de sinsentido, el desánimo moroso y aletargante, después el temblor y el mareo y la náusea, y siendo testigo de todo ello es espejo, con su acusadora faz, el espejo resaltador de imperfecciones, evidenciador de grotescas caricaturas: ¿a cuento de qué ese afán por buscarse en el espejo, cuando la imagen que el espejo le ofrecía jamás se correspondía con la realidad?”.
CLAUDÍN, Fernando (2001): La serpiente de cristal, Madrid, Anaya, (Espacio Abierto, 92), p. 62-63

Comer de manera compulsiva para calmar las angustias

Mª Carmen de la Bandera a l`IES Jaume I (Salou)
“Mamá dice que tengo que adelgazar, pero la comida me atrae. Cuando siento soledad y angustia, el comer me sosiega y relaja. No puedo dominarme y, además, lo que más me gusta son los “bocatas” y los dulces. Así es imposible perder kilos”. (pág. 13).
“Como demasiado, lo reconozco. En casa desayuno bien, luego, el bocadillo para el supuesto recreo; el dinero que tengo me lo gasto en bollos. Devoro más que como. No quiero pesarme, la última vez que lo hice, fueron 66 kilos, que para mi 1, 58 ya es demasiado. Ahora… ¡sabe Dios! En cambio, Javier, cada día más alto y más guapo. Mamá dice que él come de menos y yo de más. Siempre le hace algún plato que le gusta porque… está creciendo. ¿Y yo? También sigo creciendo. Si perdiera diez kilos, parecería más alta, pero no puedo, es superior a mí, tengo que seguir comiendo.” (p. 27).

“En Navidad, con tantos dulces, he engordado. Odio la báscula del baño acusadora. Un día de estos la tiro por la terraza. Lo pienso, pero luego me digo: “Marta, eres tonta: con eso no adelgazas”. Pepa trata de quitarle importancia a lo de mi gordura. El otro día me presentó fotos de mujeres famosas e importantes: Gloria Fuertes, Cristina Almeida y otras. Todas gordas. Así, es fácil, porque de ellas no se ríen. Por encima del aspecto de su cuerpo destaca su inteligencia, pero a mí me miran todos, se burlan. Si algún día lograse se una escritora famosa, sería distinto”. (p. 49-50).
“Lucharé hasta conseguir lo que quiero: seré escritora, periodista. Si otros lo hacen, ¿por qué yo no? Pepa me anima, dice que los buenos alcanzan la meta. Cada día soy más amiga suya. Sabe llegar a partes de mí que nadie conoce. A mis íntimos secretos. Ya hablamos abiertamente del problema de los kilos. Antes no quería ni mencionarlo, le quitaba importancia. Ahora, como estoy más animada, me aconseja que visite a un endocrino y siga un régimen de adelgazamiento. ¿Seré capaz? Mamá está deseando, dice que por el dinero no me preocupe. ¡Qué ilusión si perdiera diez kilos! Siempre aplazo esta decisión, y es que ¡me atrae tanto la comida! (p. 75).
“Come de una manera impulsiva para calmar sus angustias. Esta forma de comportarse viene desde pequeña, al observar que su madre premiaba al hermano cuando apuraba la comida. El niño siempre fue de mal comer y la madre le prodigaba unos cuidados que, según creía ella, Marta no los necesitaba. Ahí empezó su ansia por comer como forma de sentirse más querida. “ (p. 96).
“Antes odiaba mi cuerpo, me odiaba toda. Ahora me miro al espejo y me gusto; sin estar delgada, creo que tengo las justas proporciones; he perdido 8 kilos. Ya no me importa la báscula, no como de una forma compulsiva. Antes, quería morirme. Ahora, amo la vida. Antes, no tenía amigos. Ahora, todos quieren serlo, soy la preferida, la favorita de la clase, la famosa del colegio. “ (p. 116).
BANDERA, Carmen de la ( 1997): Íntimos secretos, Madrid, Anaya, Tus Libros
